Carretera y Monta · Pequeños viajes para grandes recuerdos
Hay lugares que tienen fama y la merecen. Y hay lugares que merecerían mucha más fama de la que tienen. La ermita de la Virgen del Ara pertenece claramente a la segunda categoría.
Está a siete kilómetros de Fuente del Arco, en un paraje de olivares centenarios al pie de Sierra Morena. Había reservado visita libre, pero al llegar a recepción me dijeron que acababa de entrar un grupo con guía y que podía incorporarme sin coste adicional. Acepté sin dudarlo, porque una visita guiada en un sitio como este siempre aporta capas que uno solo no encontraría.
Un camino que ya cuenta cosas
El trayecto desde el pueblo hasta la ermita no es solo un desplazamiento: es una introducción. A poco de salir de Fuente del Arco aparece el primero de los elementos del camino: un sencillo monumento que los romeros erigieron en 1982 en honor a la Virgen, junto a la ruta que siguen cada año en peregrinación.
Más adelante, en medio del campo, una escultura de un lobo negro sobre un pedestal con su placa cerámica. Es el homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente, que recorrió y defendió estos parajes de Sierra Morena. Un recordatorio discreto pero bien puesto: estamos en territorio de naturaleza viva, no en un parque temático.
Y antes de llegar a la ermita, una cruz de piedra encalada con una placa de la Virgen y la inscripción Ave María en la base. Marca el lugar donde, según la tradición, el rey Jayón intentó construir la ermita por primera vez. Cada noche, lo levantado durante el día aparecía derrumbado al amanecer. La Virgen le indicó finalmente el emplazamiento correcto, más adelante, y allí lleva el edificio desde hace siglos. La cruz señala el intento fallido, que en cierto modo también forma parte de la historia.
El patio: una pausa antes del interior
Desde fuera, la ermita no desvela lo que guarda. La fachada es blanca y austera, con una arquería mudéjar en el lateral sur que insinúa que el edificio tiene más capas de las que muestra, pero sin alardes. Es el tipo de arquitectura que reserva la sorpresa para dentro.
Antes de entrar al templo, el patio. Un espacio que merece un momento de atención antes de seguir. Las paredes están salpicadas de macetas con plantas, al estilo de los patios del sur, y en una de las puertas una vid emerge de una enorme maceta de granito con esa determinación que tienen las plantas cuando han encontrado su sitio.
En el centro, una fuente de tres niveles: un caño vierte en un pilón redondo, que desagua en otro rectangular, que a su vez alimenta una pila. Dos épocas de construcción visibles en la piedra, dos criterios distintos de quien la amplió en su momento. Un pequeño archivo de la historia del lugar escrito en agua y piedra.
El interior: cuando las paredes hablan
Cruzar la puerta de la ermita es una de esas experiencias que conviene hacer sin prisa. No porque sea grande, sino porque es densa. No hay un centímetro de pared, de bóveda ni de crucería que no esté pintado, decorado o trabajado. La primera impresión es de abundancia, casi de vértigo, hasta que los ojos empiezan a ordenar lo que ven.
La bóveda de cañón recoge veintiséis escenas del Génesis: la creación del mundo, Adán y Eva, el diluvio, el arca de Noé. En el altar, escenas del Nuevo Testamento. Las pinturas se atribuyen a la escuela de Zurbarán, el pintor que dejó una huella enorme en esta comarca a través de su vinculación con Llerena, la ciudad más importante de la zona en los siglos XVI y XVII.
En el zócalo están las pinturas más antiguas: figuras geométricas del siglo XV realizadas al fresco, la técnica más exigente y la que mejor resiste el paso del tiempo. Solo existen en dos lugares de toda España: aquí y en el Palacio Episcopal de Llerena. Y en el coro, algo que rompe con la iconografía esperada: cuatro figuras femeninas representando los puntos cardinales, con los signos del zodiaco asociados a cada uno. Misticismo cristiano y simbolismo pagano compartiendo espacio desde hace cinco siglos, sin que nadie haya considerado necesario resolver la contradicción.
La sacristía y la leyenda que lo explica todo
La sacristía guarda la pieza más antigua del conjunto: una tabla gótica de los siglos XIII o XIV que ilustra el origen de la ermita. Es la primera versión conocida de la leyenda, pintada poco después de que ocurriera, o de que se dijera que ocurrió, que a estas alturas es lo mismo.
La historia cuenta que Erminda, hija del rey moro Jayón que había perdido la vista, estaba junto a una fuente cuando se le apareció la Virgen María sobre la copa de una encina. Erminda le pidió que devolviera la vista a su padre. La Virgen aceptó a cambio de que ambos abrazaran el cristianismo. El rey cumplió su promesa y mandó construir la ermita en el lugar señalado. A los pies de la talla de la Virgen del Ara que preside el altar, las figuras de Erminda y Jayón siguen allí, talladas en madera, como testigos del trato.
Algunos historiadores apuntan que la leyenda pudo ser difundida por la Orden de Santiago como herramienta de evangelización en una zona de frontera entre culturas. Puede ser. Pero llevan siglos contándola aquí, y sigue funcionando igual de bien.
El camarín, la Virgen y el órgano pequeño
Subimos al camarín. Es el espacio más elaborado de todo el conjunto: una cúpula ochavada de estilo barroco con frescos y filigranas que contrastan con la austeridad del resto del edificio. Como si en este punto concreto, el que alberga a la Virgen, se hubiera decidido no escatimar en nada.
La guía abrió la puerta que guarda la imagen. Y durante un momento vimos a la Virgen del Ara por detrás, con la nave de la ermita al fondo. Una perspectiva que normalmente no existe, que solo se tiene desde ahí arriba, y que le da al espacio algo de intimidad inesperada.
Al bajar, junto a la salida, un órgano pequeño. Tan pequeño que al principio parece un elemento decorativo puesto ahí sin demasiada intención. Pero ha sonado en esta ermita durante generaciones, en las celebraciones y en las misas de romería, y su escala no dice nada de su historia.
Las salas que completan el cuadro
La visita continúa libre por las dependencias anexas. En una sala, una colección de objetos religiosos y exvotos: trajes de comunión, de novia, de bautizo, ofrendas de distintas épocas que hablan de la relación personal y cotidiana que la gente de la zona ha tenido con este lugar. Y en el centro, una maqueta de la planta completa del conjunto, que ayuda a entender la escala real del edificio: ermita, sacristía, camarín, bodega, casa del ermitaño, caballerizas. Mucho más que una simple ermita de campo.
En la sala siguiente, una vivienda tradicional reconstruida. La cocina con el hogar directamente en el suelo, al estilo castellano, y la chimenea que arranca desde el propio techo. El horno de influencia árabe en un rincón. Aperos y herramientas del campo en las paredes. Una manera de recordar que este lugar no existió en el vacío sino en medio de una comunidad concreta, con una forma de vida concreta, que también merece ser recordada.
Desde fuera, el conjunto
Al salir, el exterior ofrece una perspectiva que desde dentro no se tiene. La espadaña de dos cuerpos recortada contra el azul intenso del cielo extremeño, el patio, las dependencias, todo integrado en el paisaje de olivares y monte bajo de Sierra Morena como si siempre hubiera estado ahí, que en cierto modo es verdad.
Hay bancos de madera y un merendero para quien quiera quedarse. Y la mayoría de la gente se queda un rato, que es la mejor señal de que un lugar ha hecho bien su trabajo.
La ermita de la Virgen del Ara recibe más de treinta mil visitas al año. Para un lugar a siete kilómetros de un pueblo de ochocientos habitantes, en un paraje sin señalización turística agresiva ni campaña de promoción visible, esa cifra dice mucho. La gente que viene, viene porque alguien se lo ha contado. Y quien lo visita, lo cuenta.
Para los que viajáis en furgo
El área municipal de autocaravanas de Fuente del Arco está en la Avenida de la Estación, junto a la piscina municipal. Diez parcelas con luz, agua y desagüe, por 6 euros la noche con pago por código QR. Una base cómoda desde la que la ermita está a siete kilómetros y la Mina La Jayona a poco más. Reservas en reservas.fuentedelarco.org.
La visita a la ermita cuesta 2 euros y se recomienda reserva previa en virgendelara.es, especialmente en fin de semana y temporada alta.
Esta entrada forma parte de una serie
La ermita de la Virgen del Ara es la tercera de una serie dedicada a Fuente del Arco y su entorno. Si has llegado aquí directamente, puede que te interesen también las otras dos entregas:
🏺 Ep. 1 — Fuente del Arco: el pueblo y la ceramista que decoró sus calles
⛏️ Ep. 2 — Mina La Jayona: bajo tierra en la Campiña Sur
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