Reina (Badajoz): una alcazaba almohade, una ciudad romana y una fuente que separa dos ríos

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    Hay pueblos que no necesitan anunciarse. Reina es uno de ellos. Ciento cuarenta habitantes, calles empinadas, silencio de mediodía. Y sin embargo, quien sepa mirar, encuentra aquí tres cosas que en cualquier otro lugar serían motivo de carretera y entrada pagada.

    Lo descubrí de camino a Llerena. Había dormido en Fuente del Arco, había visitado la mina y la ermita, y Reina quedaba de paso. El desvío fue una de las mejores decisiones del fin de semana.

Un pueblo construido en pendiente

    Reina está construido como los cultivos de montaña: en terrazas. Las calles suben y bajan sin concesiones, las casas se apoyan unas en otras y el conjunto tiene esa compacidad de los pueblos que nacieron en un cerro y no pudieron crecer hacia los lados.

    Lo primero que me llama la atención al recorrer las calles son los remates de las chimeneas. Tienen una forma que no había visto en ningún otro pueblo de la comarca: como cuernos de toro, bifurcados, señalando en dos direcciones a la vez. Son un detalle menor, pero en los pueblos los detalles menores son los que definen el carácter de un sitio.

    Me acerco al ayuntamiento. Sale alguien y le pregunto qué hay que ver. Me habla de la alcazaba, de cómo llegar, de que se puede subir en coche. Y antes de despedirse añade algo: que no me vaya sin ver la Fuente de los Dos Caños. Le hago caso.

La fuente que parte las aguas en dos

    La fuente está a la entrada del pueblo, y tiene una placa de bronce que convierte un elemento cotidiano en una lección de geografía. Se llama Fuente de los Dos Caños, aunque los lugareños la conocen también como la fuente de los dos ríos, y el nombre lo dice todo.

    Se alimenta de los arroyos de San Blas y San Pedro, y está situada exactamente sobre la línea divisoria de aguas de la Campiña Sur extremeña. El caño de la derecha recoge agua de las vertientes que van hacia el norte: cuenca del Guadiana, Portugal, Atlántico. El de la izquierda recoge las que van hacia el sur: cuenca del Guadalquivir, Sevilla, Atlántico. Mismo mar, distinto camino, separados desde este punto concreto en el centro de un pueblo de ciento cuarenta habitantes.

    Una gota de agua que cae a un lado nunca se va a encontrar con la que cae al otro. Me quedé un rato pensando en eso.

La silueta que se ve desde lejos

    La alcazaba de Reina se ve desde kilómetros antes de llegar al pueblo. Su silueta en lo alto del cerro es lo primero que llama la atención en esta comarca llana, y es lo que me hizo desviarme en primer lugar. Hay estructuras que desde lejos ya están pidiendo que subas a verlas.

    La calzada que lleva hasta arriba está adoquinada y bien trazada, pero los adoquines llevan tiempo demasiado salientes y los amortiguadores lo agradecerían más lisos. Son casi dos kilómetros de pendiente larga y continua, casi recta, sin apenas curvas ni descanso. Se sube sin problema pero sin prisa. Arriba hay aparcamiento amplio, lo cual indica que esto recibe más visitas de las que su discreción haría pensar.

La alcazaba almohade

    La construyeron los almohades en el siglo XII, a ochocientos veinticinco metros de altitud, aprovechando una posición estratégica que ya había sido usada antes. Quince torres rectangulares unidas por murallas de tapial de dos metros de espesor forman un recinto que en su día fue parte de una cadena defensiva junto a las alcazabas de Hornachos, Azuaga y Montemolín, cerrando los pasos de Sierra Morena hacia el valle del Guadalquivir.

    En 1246 la Orden de Santiago la tomó sin lucha y la convirtió en cabeza de una Encomienda que gobernaba un territorio enorme. Desde entonces el recinto fue cambiando de uso, acumulando capas, perdiendo partes y conservando otras. Hoy está en ruinas, pero ruinas con sustancia.

    Hay dos aljibes conservados: uno de origen musulmán y otro de época santiaguista. Y hay una torre reforzada con sillares de granito que no son medievales: son romanos, traídos desde Regina, la ciudad que estaba a los pies del cerro. Piedras de una civilización anterior, reutilizadas siglos después para levantar una fortaleza nueva. La historia de este territorio está hecha de esa clase de reciclajes continuos.

La ermita dentro de la fortaleza

    Lo que nadie espera encontrar dentro de una alcazaba en ruinas es una ermita. Pero ahí está: la ermita de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de Reina, levantada por la Orden de Santiago en el siglo XV aprovechando el recinto protegido de la fortaleza.

    El porche está sostenido por columnas con capiteles visigodos. No medievales, no del siglo XV: visigodos. Piezas de otra época integradas sin ningún reparo porque estaban disponibles y eran perfectamente funcionales. Detrás de la verja que protege el atrio, unas pinturas aparecidas en la última restauración muestran barcos, figuras humanas y vegetación. Su interpretación sigue abierta, que en arqueología suele ser otra manera de decir que la conversación acaba de empezar.

Las vistas desde arriba


    Desde las murallas el paisaje se abre en todas las direcciones sin obstáculos. Al norte, la Campiña Sur de Extremadura hasta donde alcanza la vista, una llanura que a esta altura parece no tener fin. Al sur, las cumbres de Sierra Morena marcando la frontera natural con Andalucía. Y siguiendo la calzada con la mirada hasta abajo, el pueblo de Reina, pequeño y tranquilo, sin sospechar lo bien que se le ve desde aquí.

    A los pies del cerro, en el llano, se distinguen los restos de Regina Turdulorum. La ciudad que estuvo aquí antes que todo lo demás, y que desde arriba parece exactamente lo que es: los cimientos de algo que fue muy grande.



Regina Turdulorum: la ciudad del llano

    Regina Turdulorum se fundó en el siglo I antes de Cristo en el cruce de la calzada romana que unía Emerita Augusta con Hispalis, es decir, Mérida con Sevilla. En su momento de mayor esplendor tuvo casi cuatro mil habitantes, calles porticadas, alcantarillado, acueducto y todos los elementos que convertían un asentamiento en una ciudad con mayúsculas.

    Lo más visible hoy es el teatro romano, construido en época flavia con capacidad para mil espectadores. Estuvo en funcionamiento hasta el siglo IV, y desde hace años es subsede del Festival de Teatro Clásico de Mérida. Dos mil años después de su construcción, el teatro de Regina sigue recibiendo público para ver obras. Hay continuidades que merecen ser señaladas.

    Recorriendo el yacimiento me encontré con algo que no tenía cartel ni panel explicativo: un pozo de piedra, cubierto con una rejilla metálica para protegerlo. Me acerqué a mirar. En el interior había agua. Un pozo romano de dos mil años, en medio de un campo abierto en el sur de Badajoz, con agua todavía dentro. Hay cosas que no necesitan explicación.

Si lo combináis con Fuente del Arco

    Reina está a menos de veinte kilómetros de Fuente del Arco, lo que la convierte en una parada perfecta para quien haga base en el área de autocaravanas de ese municipio. Desde allí también se visitan la Mina La Jayona y la ermita de la Virgen del Ara, con lo que en un fin de semana se puede cubrir todo el territorio sin necesidad de mover el campamento.

    El área de Autocaravanas de Fuente del Arco está en la Avenida de la Estación, junto a la piscina municipal. Diez parcelas con luz, agua y desagüe, por 6 euros la noche con pago por código QR. Reservas en reservas.fuentedelarco.org.

Si queréis seguir por la zona

    Reina, la alcazaba y Regina forman una ruta que se puede hacer en medio día y que combina perfectamente con las visitas a Fuente del Arco. Si os interesa completar el territorio, aquí tenéis las otras entradas de la zona:

🏺 Fuente del Arco: el pueblo y la ceramista que decoró sus calles

⛏️ Mina La Jayona: bajo tierra en la Campiña Sur

⛪ Ermita de la Virgen del Ara: la Capilla Sixtina de Extremadura


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