Voy por la carretera y de repente está ahí. En lo alto del cerro, recortado contra el cielo manchego, como algo que no debería existir y sin embargo lleva ochocientos años existiendo. Calatrava la Nueva.
Ya desde abajo impone. Y eso que todavía queda un buen trecho hasta llegar.
La subida: dos kilómetros con historia
Se puede subir con el coche hasta la misma base, pero ojo: la carretera es de piedra, irregular, y no está pensada para cualquier vehículo. La furgoneta, que tiene ballestas, acusa cada piedra, cada bache, cada metro de este camino.
Son unos dos kilómetros de subida con carácter. Y hay que saber que ese camino empedrado que pisas fue construido para la visita de Felipe II a la fortaleza en el año 1560. Quinientos años pisando las mismas piedras. No es un dato cualquiera. Es el tipo de cosa que te cambia el paso.
A los lados, el castillo se va haciendo más grande. Por fin, el aparcamiento habilitado al pie del cerro. La fortaleza está en la cima del Cerro Alacranejo, a 936 metros de altitud, rodeada de pedrizas y vegetación autóctona. Bajo, cojo la cámara, y me quedo un momento parado mirando hacia arriba.
Esto no es solo un castillo
Subo por las escaleras y rampas empedradas hasta la taquilla. Dos puertas, unos doscientos metros. Pago la entrada —solo efectivo, aviso— y empiezo. La visita es libre y el recorrido no está muy bien señalizado, así que hay que ir con atención para no repetir zonas ni perderse partes. Vale la pena tomárselo con calma.
Lo primero que recorro es el barrio donde vivían los artesanos. Y aquí es donde empieza a cambiar la idea que traía del sitio.
Porque esto no era solo un castillo. Tenía iglesia, convento, hospedería, herrería, horno, tiendas. Había una ciudad entera funcionando aquí dentro, con sus calles, sus casas, sus servidores. Gente anónima que cada mañana se despertaba con este paisaje. No sé si eso era un privilegio o una condena. Probablemente, las dos cosas.
La fortaleza tiene 46.000 metros cuadrados. Para que os hagáis una idea: más grande que cuatro campos de fútbol juntos. Y está aquí, en lo alto de un cerro, en medio de La Mancha, mirando hacia Sierra Morena.
Las torres, el horizonte y el castillo de enfrente
Como toda fortaleza que se precie, Calatrava la Nueva tiene sus torres de vigilancia con sus troneras bien visibles. Desde una posición elevada me detengo a recorrer con la mirada las diferentes estancias del conjunto.
Desde aquí arriba se entiende todo. Esta posición geográfica dominaba el Puerto de Calatrava, que era la vía natural de paso hacia Sierra Morena desde la Meseta Sur de España. Y enfrente, visible con claridad, el Castillo de Salvatierra, que durante años estuvo en manos musulmanas.
Dos fortalezas mirándose durante siglos. Dos mundos separados por un valle. Hoy los dos están en silencio.
La iglesia: cuando la luz entra exacta
Y entonces llego a la iglesia.
Solo quedan en pie las paredes de sillares y mampostería. Sin imágenes, sin retablos, sin nada que distraiga. Solo el espacio y su forma. El estilo es cisterciense: tres naves con bóvedas de crucería y tres ábsides con arcos apuntados. Austero y poderoso.
En la nave central se han dispuesto unos bancos, como en cualquier iglesia activa. Y en el lugar del altar mayor, una serie de sillones de madera, casi tronos. Una capilla lateral, detrás de una reja, también vacía de imágenes.
Y luego está el rosetón. Encima de la puerta de entrada, de la época de los Reyes Católicos. La luz que entra por ahí no es teatral ni espectacular en el sentido moderno. Es exacta. Como si alguien, hace ochocientos años, hubiera calculado cuánta luz necesitaba este espacio para no mentir.
Puertas de madera, ladrillo y criterio discutible
En la parte posterior la construcción está notablemente mejor conservada. Subo un nivel más y aquí las dependencias tienen incluso puertas de madera originales. Todas cerradas, inaccesibles por seguridad. En las paredes, el ladrillo se combina con la piedra: una mezcla que habla de diferentes épocas, de reformas, de siglos añadiendo capas sobre capas.
Más arriba, una de las torres. Aquí el suelo ha sido pavimentado con materiales actuales. Sin mucho criterio, la verdad: el contraste con el conjunto histórico se nota y no juega a su favor. Pero las vistas que ofrece son excelentes. A lo lejos, La Mancha. El horizonte plano y amplio. Y bajando la mirada, una perspectiva alzada de toda la planta del castillo.
Tres banderas se mueven con el viento: Castilla-La Mancha, España, Europa. Tres capas de identidad sobre ocho siglos de historia.
Bóvedas de cañón, el aljibe y una plaza con un olivo
Entro en una de las salas oscuras. Espero a que la vista se adapte. Una estancia alargada, techo en bóveda de cañón. El silencio aquí es diferente al de fuera: más denso. Al fondo, una escalera de hierro lleva a otra estancia más pequeña y alta, de uso incierto.
Regreso a las calles interiores y subo por una escalera de caracol. En este nivel las estancias están diáfanas, abiertas. Y entonces aparece el aljibe: una especie de cuenco gigante diseñado para recoger el agua que cae desde una de las torres.
En un cerro a 936 metros, sin río, sin manantial cercano, el agua era poder. Quien controlaba el agua controlaba cuánto tiempo podía aguantar un asedio. Y este castillo nunca fue invadido ni asediado. No se conoce ninguna batalla en él. Quizás esto también tiene que ver.
Un poco más arriba llego a una especie de plaza interior. En el centro, un olivo. Al fondo, una construcción muy bien conservada, también cerrada: probablemente la residencia del prior. Hay algo en ese olivo en medio de las ruinas que no sé explicar bien. La naturaleza ocupando los espacios que dejó la historia. Sin permiso. Sin protocolo.
Lo que se queda
Bajo de nuevo por la escalera de caracol, me asomo a otro mirador, paseo por el suelo de cerámica actual que no termina de encajar, y por fin llego a la salida. Las mismas puertas, las mismas rampas, las mismas escaleras de piedra por las que entré.
El terremoto de Lisboa de 1775 dejó muy dañada la fortaleza. En 1802 la Orden se trasladó definitivamente a Almagro. En 1835, las desamortizaciones pusieron punto final a siglos de vida monacal aquí dentro. En 1854 fue declarado Monumento Histórico Nacional.
Es la manera oficial de decir: esto importa. No lo toquéis.
Aunque ya nadie viva aquí. Aunque las puertas estén cerradas. Aunque el olivo crezca solo en la plaza. Aunque alguien haya puesto un suelo de cerámica donde no tocaba.
Me voy de aquí con algo que no traje. No sé todavía cómo llamarlo. Pero pesa bien.
INFORMACIÓN PRÁCTICA
Ubicación: Carretera Calzada de Calatrava a Puertollano, km 7,200 · Aldea del Rey (Ciudad Real)
Horario (temporada alta): Miércoles–Sábado: 10:00–14:00 y 17:30–20:30 · Domingos: 10:00–14:00
Visitas guiadas gratuitas: Fines de semana: 11:30 y 17:45 h. (incluidas con la entrada)
Pago: Solo efectivo en taquilla · No se admiten animales
Acceso en camper/vehículo alto: Camino empedrado de ~2 km · No recomendado para vehículos bajos
CARRETERA Y MONTA
Pequeños viajes para grandes recuerdos




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