Calatrava la Nueva: la ciudad-fortaleza que nunca fue conquistada


    Voy por la carretera y de repente está ahí. En lo alto del cerro, recortado contra el cielo manchego, como algo que no debería existir y sin embargo lleva ochocientos años existiendo. Calatrava la Nueva.

Ya desde abajo impone. Y eso que todavía queda un buen trecho hasta llegar.

La subida: dos kilómetros con historia

    Se puede subir con el coche hasta la misma base, pero ojo: la carretera es de piedra, irregular, y no está pensada para cualquier vehículo. La furgoneta, que tiene ballestas, acusa cada piedra, cada bache, cada metro de este camino.

    Son unos dos kilómetros de subida con carácter. Y hay que saber que ese camino empedrado que pisas fue construido para la visita de Felipe II a la fortaleza en el año 1560. Quinientos años pisando las mismas piedras. No es un dato cualquiera. Es el tipo de cosa que te cambia el paso.

    A los lados, el castillo se va haciendo más grande. Por fin, el aparcamiento habilitado al pie del cerro. La fortaleza está en la cima del Cerro Alacranejo, a 936 metros de altitud, rodeada de pedrizas y vegetación autóctona. Bajo, cojo la cámara, y me quedo un momento parado mirando hacia arriba.

Esto no es solo un castillo

    Subo por las escaleras y rampas empedradas hasta la taquilla. Dos puertas, unos doscientos metros. Pago la entrada —solo efectivo, aviso— y empiezo. La visita es libre y el recorrido no está muy bien señalizado, así que hay que ir con atención para no repetir zonas ni perderse partes. Vale la pena tomárselo con calma.

    Lo primero que recorro es el barrio donde vivían los artesanos. Y aquí es donde empieza a cambiar la idea que traía del sitio.

    Porque esto no era solo un castillo. Tenía iglesia, convento, hospedería, herrería, horno, tiendas. Había una ciudad entera funcionando aquí dentro, con sus calles, sus casas, sus servidores. Gente anónima que cada mañana se despertaba con este paisaje. No sé si eso era un privilegio o una condena. Probablemente, las dos cosas.

    La fortaleza tiene 46.000 metros cuadrados. Para que os hagáis una idea: más grande que cuatro campos de fútbol juntos. Y está aquí, en lo alto de un cerro, en medio de La Mancha, mirando hacia Sierra Morena.

Las torres, el horizonte y el castillo de enfrente

    Como toda fortaleza que se precie, Calatrava la Nueva tiene sus torres de vigilancia con sus troneras bien visibles. Desde una posición elevada me detengo a recorrer con la mirada las diferentes estancias del conjunto.

    Desde aquí arriba se entiende todo. Esta posición geográfica dominaba el Puerto de Calatrava, que era la vía natural de paso hacia Sierra Morena desde la Meseta Sur de España. Y enfrente, visible con claridad, el Castillo de Salvatierra, que durante años estuvo en manos musulmanas.

    Dos fortalezas mirándose durante siglos. Dos mundos separados por un valle. Hoy los dos están en silencio.

La iglesia: cuando la luz entra exacta

    Y entonces llego a la iglesia.

    Solo quedan en pie las paredes de sillares y mampostería. Sin imágenes, sin retablos, sin nada que distraiga. Solo el espacio y su forma. El estilo es cisterciense: tres naves con bóvedas de crucería y tres ábsides con arcos apuntados. Austero y poderoso.

    En la nave central se han dispuesto unos bancos, como en cualquier iglesia activa. Y en el lugar del altar mayor, una serie de sillones de madera, casi tronos. Una capilla lateral, detrás de una reja, también vacía de imágenes.

    Y luego está el rosetón. Encima de la puerta de entrada, de la época de los Reyes Católicos. La luz que entra por ahí no es teatral ni espectacular en el sentido moderno. Es exacta. Como si alguien, hace ochocientos años, hubiera calculado cuánta luz necesitaba este espacio para no mentir.


Puertas de madera, ladrillo y criterio discutible

    En la parte posterior la construcción está notablemente mejor conservada. Subo un nivel más y aquí las dependencias tienen incluso puertas de madera originales. Todas cerradas, inaccesibles por seguridad. En las paredes, el ladrillo se combina con la piedra: una mezcla que habla de diferentes épocas, de reformas, de siglos añadiendo capas sobre capas.

    Más arriba, una de las torres. Aquí el suelo ha sido pavimentado con materiales actuales. Sin mucho criterio, la verdad: el contraste con el conjunto histórico se nota y no juega a su favor. Pero las vistas que ofrece son excelentes. A lo lejos, La Mancha. El horizonte plano y amplio. Y bajando la mirada, una perspectiva alzada de toda la planta del castillo.

    Tres banderas se mueven con el viento: Castilla-La Mancha, España, Europa. Tres capas de identidad sobre ocho siglos de historia.



Bóvedas de cañón, el aljibe y una plaza con un olivo

    Entro en una de las salas oscuras. Espero a que la vista se adapte. Una estancia alargada, techo en bóveda de cañón. El silencio aquí es diferente al de fuera: más denso. Al fondo, una escalera de hierro lleva a otra estancia más pequeña y alta, de uso incierto.

    Regreso a las calles interiores y subo por una escalera de caracol. En este nivel las estancias están diáfanas, abiertas. Y entonces aparece el aljibe: una especie de cuenco gigante diseñado para recoger el agua que cae desde una de las torres.

    En un cerro a 936 metros, sin río, sin manantial cercano, el agua era poder. Quien controlaba el agua controlaba cuánto tiempo podía aguantar un asedio. Y este castillo nunca fue invadido ni asediado. No se conoce ninguna batalla en él. Quizás esto también tiene que ver.

    Un poco más arriba llego a una especie de plaza interior. En el centro, un olivo. Al fondo, una construcción muy bien conservada, también cerrada: probablemente la residencia del prior. Hay algo en ese olivo en medio de las ruinas que no sé explicar bien. La naturaleza ocupando los espacios que dejó la historia. Sin permiso. Sin protocolo.



Lo que se queda


    Bajo de nuevo por la escalera de caracol, me asomo a otro mirador, paseo por el suelo de cerámica actual que no termina de encajar, y por fin llego a la salida. Las mismas puertas, las mismas rampas, las mismas escaleras de piedra por las que entré.

    El terremoto de Lisboa de 1775 dejó muy dañada la fortaleza. En 1802 la Orden se trasladó definitivamente a Almagro. En 1835, las desamortizaciones pusieron punto final a siglos de vida monacal aquí dentro. En 1854 fue declarado Monumento Histórico Nacional.

    Es la manera oficial de decir: esto importa. No lo toquéis.

    Aunque ya nadie viva aquí. Aunque las puertas estén cerradas. Aunque el olivo crezca solo en la plaza. Aunque alguien haya puesto un suelo de cerámica donde no tocaba.

    Me voy de aquí con algo que no traje. No sé todavía cómo llamarlo. Pero pesa bien.


INFORMACIÓN PRÁCTICA

Ubicación: Carretera Calzada de Calatrava a Puertollano, km 7,200 · Aldea del Rey (Ciudad Real)

Horario (temporada alta): Miércoles–Sábado: 10:00–14:00 y 17:30–20:30 · Domingos: 10:00–14:00

Visitas guiadas gratuitas: Fines de semana: 11:30 y 17:45 h. (incluidas con la entrada)

Pago: Solo efectivo en taquilla · No se admiten animales

Acceso en camper/vehículo alto: Camino empedrado de ~2 km · No recomendado para vehículos bajos


CARRETERA Y MONTA

Pequeños viajes para grandes recuerdos

Viso del Marqués: el pueblo de La Mancha que no te esperas

Ciudad Real · Castilla-La Mancha · Turismo rural


    Cuando Rosa María Rodero, la informadora turística de Las Virtudes, me dijo que no podía irme sin ver Viso del Marqués, le hice caso. Y menos mal. Porque este pequeño municipio de Ciudad Real guarda, entre calles tranquilas y aparente quietud, uno de los palacios renacentistas más impresionantes de España, una iglesia con un cocodrilo del Nilo colgado en la pared, y la historia casi desconocida del marino que más batallas ganó en toda la historia de la armada española.

    Un destino que no aparece en las guías grandes. Exactamente el tipo de lugar que busca Carretera y Monta.



Un pueblo con nombre de marqués

    Este pueblo se llamaba El Viso del Puerto. El nombre que tiene hoy lo heredó de don Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz, uno de los marinos más destacados de la historia de España. Participó en más de veinte batallas navales y, según recoge la historia, no perdió ninguna. Cuando el rey Felipe II quiso recompensarle con un título nobiliario, Bazán eligió este rincón manchego como sede de su marquesado. Y eligió también este lugar para construirse un palacio digno de su nombre.

    Un palacio que, desde fuera, no parece gran cosa. Pero que por dentro es otra historia completamente distinta.



El Palacio del Marqués de Santa Cruz

    Construido entre 1564 y 1586, el palacio responde a una influencia completamente italiana. Bazán había pasado largas temporadas en Italia, había visto los grandes palacios del Renacimiento y quiso traer ese mundo consigo. Contrató para ello a un selecto grupo de artistas de la escuela de Miguel Ángel, que cubrieron paredes y techos con frescos al temple de una calidad extraordinaria.

    Las visitas son guiadas y gratuitas, aunque piden la voluntad para el mantenimiento del edificio. Hay que esperar a que el guía reúna al grupo antes de entrar, pero la espera vale la pena. Yo aproveché para colarme un momento en el patio, y lo que vi me dejó sin palabras.

    El patio es espectacular. Las galerías están completamente cubiertas de frescos con escenas de la mitología clásica. Es, según los especialistas, el conjunto pictórico español más importante en representación de la mitología grecolatina. Y está aquí, en plena Mancha, donde uno menos se lo espera.

El recorrido continúa por salas con pinturas de batallas navales y muebles impresionantemente conservados. La gran escalera, ancha y solemne, está decorada con alegorías de La Gloria y La Fama, figuras mitológicas y la historia de Rómulo y Remo. En la primera planta, una sucesión de salas con frescos que retratan la vida de la época, escenas mitológicas y los personajes del entorno familiar y militar del almirante.

    Pero la sala que más me llama la atención es la que contiene dos réplicas de galeras —las embarcaciones con las que Bazán combatió en el Mediterráneo— con un nivel de detalle que invita a detenerse. A los lados, chimeneas flanqueadas por esculturas de mármol. Incluso el interior del hogar está pintado, aunque el hollín de los siglos lo va cubriendo poco a poco.

La visita termina en la capilla: pequeña, pero absolutamente cargada de arte. Frescos, tapices, imágenes, cuadros y vidrieras en un espacio que debió de ser el refugio espiritual de un hombre que pasó la vida en el mar.

Desde 1948, la familia cedió el palacio a la Armada Española por el simbólico alquiler de una peseta al año. Hoy alberga el Archivo General de la Marina —uno de los más importantes del país— y el Museo Álvaro de Bazán. Fue don Julio Guillén Tato, almirante e historiador naval, quien gestionó esa cesión y salvó el edificio del abandono.

La iglesia y el cocodrilo del Nilo

    Pegada al palacio está la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, un templo gótico del siglo XV. Entro esperando encontrar lo habitual en una iglesia de pueblo con siglos de historia: bancos, retablo, imágenes. Y sí, todo eso está. Pero también hay algo más.

Colgado en uno de los laterales del coro, hay un cocodrilo. Disecado. De tamaño real. Cuatro o cinco metros de longitud.

Y uno se pregunta, inevitablemente, qué hace un cocodrilo en una iglesia de La Mancha.

    La respuesta tiene varias versiones. La más respaldada por los historiadores dice que fue el propio Álvaro de Bazán quien lo trajo del Nilo durante una de sus expediciones. En Egipto, los cocodrilos eran animales sagrados que se colocaban en los templos. El almirante lo habría donado a la iglesia de su pueblo como gesto de respeto —y también, según cuenta la tradición, como recordatorio de que en la casa de Dios conviene guardar silencio.

    Otra versión, más legendaria, habla de un animal que sembraba el terror en la sierra cercana, que nadie podía cazar, y que al final fue vencido por un joven valiente. El alcalde lo hizo disecar y colgar en la parroquia como trofeo.

    La verdad probablemente esté más cerca del Nilo. Pero la leyenda es demasiado buena para no contarla. Un vecino que pasa por allí me confirma la historia. No grabé el cocodrilo —un error que lamentaré el resto de mis días— pero la imagen se me quedó grabada igual.



La Plaza del Pradillo y el cierre

    Salgo de la iglesia y doy un paseo por la Plaza del Pradillo, que preside tanto el palacio como el templo. El suelo empedrado llama la atención: una rosa de los vientos, formas geométricas y un tablero de ajedrez que es el símbolo del escudo de armas de los Bazán.

    En la plaza hay tres elementos que me detienen. Una fuente con la escultura de un ciervo. Una estatua en bronce de Álvaro de Bazán, mirando hacia el palacio que mandó construir. Y un busto dedicado a don Julio Guillén Tato, almirante, académico de la Real Academia de la Historia y de la RAE, e historiador naval. Un nombre en un busto de plaza, pero una historia que importa: sin su empeño, este palacio podría no estar aquí para contarlo.


    Viso del Marqués es de esos sitios que uno no se espera. Un palacio renacentista italiano en plena Mancha, un archivo naval con ochenta mil legajos de historia, una iglesia con un cocodrilo del Nilo y una plaza que rinde homenaje silencioso a quienes hicieron grande a España en el mar.

📌  Información práctica

Localización: Viso del Marqués, Ciudad Real. A 35 km de Valdepeñas por la CM-412.
Visita al palacio: gratuita. Horario de visitas guiadas: consultar antes de ir (suelen comenzar a las 17:00 h).
Piden voluntad para el mantenimiento del edificio.
Pernocta: consultar Park4Night y Campercontact para la zona.

Las Virtudes: La plaza de toros más antigua del mundo y la Capilla Sixtina manchega





    Si viajas por la A-4 entre Madrid y Andalucía y pasas por el kilómetro 220 sin detenerte, te estás perdiendo uno de los conjuntos monumentales más singulares de España. A 4,7 kilómetros de Santa Cruz de Mudela, en plena campiña manchega, se esconde Las Virtudes: una pedanía tranquila, con las calles sin asfaltar y los jardines cuidados, que guarda entre sus muros una sorpresa detrás de otra.


La plaza de toros cuadrada más antigua del mundo


    Lo primero que ves al llegar es la plaza de toros. Pero no es una plaza como las que conocemos. Fue construida en 1641 y está en uso desde 1650. Y lo que la hace única no es solo su antigüedad, sino su forma: de planta cuadrada, fue concebida como una plaza urbana convertible en coso taurino, con sillería clásica.
    Su configuración recuerda a los antiguos corrales de comedias y a la plaza mayor de Almagro. Dos lados los delimitan la ermita y la casa de la despensa; los otros dos, galerías de madera con columnas de piedra, balconadas y el característico almagre del coso. Una estampa que no se olvida.
    Se encuentra entre las plazas de toros más antiguas de España y es la más antigua de planta cuadrada.     Algunos expertos disputan este título con la plaza de Béjar, en Salamanca, aunque cada una defiende su propio palmarés. Lo que nadie discute es que está declarada Bien de Interés Cultural desde 1981 y desde 2001 forma parte de la Unión de Plazas de Toros Históricas.
    Solo se celebra una corrida al año, el 8 de septiembre, en honor a la patrona del lugar.


La ermita: un templo con siglos de historia


    Adosada a la plaza, casi formando parte del mismo edificio, está la ermita de Nuestra Señora de las Virtudes. Su origen se remonta al siglo XV, aunque los restos visigodos encontrados en el lugar hacen pensar que la existencia del santuario es mucho más antigua. La nave principal, de una sola planta, conserva una techumbre mudéjar de par y nudillo del siglo XV. Del artesonado de madera oscura cuelga una lámpara de hierro medieval. Las paredes encaladas en blanco, limpias, salpicadas de imágenes. Y en el suelo, casi en el centro, la pila bautismal con sus curiosas reminiscencias romanas.

    Una pintura discreta en la pared llama la atención: un gallo. Sin explicación aparente, pero imposible de ignorar.

    La capilla mayor fue construida en 1711 bajo la dirección del monje trinitario fray Francisco de San José.
    Está decorada con pinturas barrocas del siglo XVIII que representan a la Inmaculada con un dragón a sus pies, junto a San Miguel.
    En las pechinas de la cúpula aparecen los Desposorios de Nuestra Señora, el Nacimiento del Señor, la Adoración de los Reyes y la Huida a Egipto.
  El retablo mayor, de estilo churrigueresco, preside el templo con esa exuberancia barroca que no deja indiferente

    
A la izquierda del altar mayor hay una puerta discreta. Detrás, una escalera de mármol cuyos techos están pintados al fresco. Es la antesala de lo que viene a continuación.







El Camarín: la Capilla Sixtina manchega


    El camarín de la Virgen fue construido en 1699. Está decorado con pinturas al fresco atribuidas a Antonio Palomino, discípulo de Luca Giordano, consideradas las mejores del barroco de la provincia de Ciudad Real, con clara influencia de los frescos pintados en el Palacio de los Marqueses de Santa Cruz en Viso del Marqués. Yo pude acceder gracias a Rosa María Rodero, la informadora turística del recinto, que me abrió la puerta sin haber concertado visita previa y con una amabilidad que se agradece de verdad. Su oficina está a la derecha entrando a la plaza de toros. Si venís, no dudéis en preguntar: la visita guiada al camarín es posible y es absolutamente imprescindible.

    La sala ha sido comparada con la Capilla Sixtina: no en dimensiones, sino en la intensidad y calidad de lo que ves cuando levantas la vista. Cuadros de pintores de renombre en las paredes, frescos en el techo, una riqueza artística completamente desproporcionada para un lugar tan pequeño y tan desconocido.


La pedanía y el entorno


    Tras la visita, merece la pena recorrer Las Virtudes a pie. Las calles sin asfaltar, las casas restauradas respetando la arquitectura popular, los jardines privados decorados con buen gusto. Un pueblo que ha envejecido bien, con calma y sin prisa.
    Justo al lado de la plaza de toros, un pequeño bosque invita a quedarse: sombra, setos, bancos de piedra, un pilón con agua. Los contrafuertes de la pared del coso asoman entre los árboles. Es el lugar perfecto para sentarse y dejar que todo lo visto se asiente.
    Rosa María, además, me sugirió una ruta por varios pueblos de los alrededores. Puede que eso sea la próxima entrega.

Cómo llegar

    Desde la autovía A-4, tomar la salida del km 220 en dirección Las Virtudes. Son 4,7 km por carretera secundaria hasta el recinto.

Pernocta en Las Virtudes (junto al recinto)

    En coche: hay aparcamiento amplio a la orilla de la carretera. También se puede entrar hasta la misma puerta de la plaza de toros; a la vuelta de la esquina hay espacio para varios vehículos.


Las Virtudes en furgoneta o autocaravana


    El entorno del recinto es especialmente cómodo para viajeros sobre ruedas. Aquí van las dos opciones más cercanas:

    Aparcamiento amplio de tierra junto a la plaza de toros, tranquilo y con buenas vistas a la campiña. Cuenta con aseos a dos minutos andando (delante de la plaza de toros) y una fuente de agua potable junto al parque La Chopera, con mesas, barbacoas y sombra.
    El suelo no es completamente plano, pero es una opción muy valorada en Park4night para quienes no quieren desviarse de la A-4.

Área de autocaravanas de Valdepeñas (~20 km)

    Si necesitas servicios completos, Valdepeñas es la opción más cercana con área oficial. Está ubicada en un polígono industrial cerca de las instalaciones deportivas, en terreno nivelado, con sombra, iluminación nocturna y acceso a supermercados, restaurantes y gasolinera de bajo coste en los alrededores.
    Estancia autorizada de 72 horas, con servicios de llenado y vaciado. El centro urbano está a unos 2 km y hay parada de autobús cercana.


⚠ Verifica siempre el estado de las áreas antes de tu visita en Park4night, Campercontact o iOverlander, ya que las condiciones pueden cambiar.


Puedes ver el vídeo completo de mi visita aquí:

🐂 Plaza de Toros MÁS ANTIGUA de España + Ermita y Camarín de Las Virtudes | Santa Cruz de Mudela

Información práctica

Dirección: Las Virtudes, s/n — Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real)

Acceso: A-4 km 220, desvío hacia Las Virtudes (4,7 km)

Visita libre: Plaza de toros y ermita

Visita guiada al camarín: Oficina de información a la derecha de la entrada a la plaza de toros. Sin reserva previa.

Precio entrada reducida: 2 € (jubilados, grupos +10 personas, discapacidad ≥33%, menores 6-12 años)

Forma de pago: Efectivo o tarjeta

Corrida anual: 8 de septiembre

Llerena: la joya desconocida del sur de Extremadura que fue capital de la Inquisición

Carretera y Monta · Pequeños viajes para grandes recuerdos



    Llerena era el destino final de un fin de semana que había empezado en Fuente del Arco, con la mina "La J
ayona" y la ermita de la "Virgen del Ara", y que había pasado por Reina, con su Alcazaba y la ciudad romana de Regina de camino. Pero Llerena no es un sitio que se visite de paso. Es un sitio que te hace lamentar no haber reservado más tiempo.

    Fue declarada Conjunto Histórico Artístico en 1966, la primera ciudad de Extremadura en recibir esa distinción. Fue sede de los Maestres de la Orden de Santiago. Fue capital del Tribunal de la Inquisición en el sur de Extremadura. Fue la ciudad donde Francisco de Zurbarán vivió más de una década y dejó obra repartida por sus iglesias y conventos. Y fue el lugar de nacimiento de Pedro Cieza de León y de Catalina Clara Ramírez de Guzmán, dos de las plumas más interesantes del Siglo de Oro español.

    Con todo eso a sus espaldas, Llerena sigue siendo uno de esos lugares que no aparece en las listas. Lo cual, como ya hemos dicho otras veces, no dice nada sobre si merece la visita.

La oficina de turismo que está en un palacio

    La primera parada es la oficina de turismo, como siempre. La de Llerena tiene la particularidad de estar instalada en el Palacio Episcopal, un edificio del siglo XV que fue residencia de los priores de la Orden de Santiago y primera sede del Tribunal de la Inquisición. El mismo edificio alberga el Museo Histórico Ciudad de Llerena.

Empezar la visita aquí tiene su lógica: en media hora uno entiende quién fue esta ciudad, qué papel jugó en la historia del suroeste peninsular y por qué cada calle tiene algo que contar. Con ese contexto, el paseo posterior tiene otro sabor.

La plaza que lo cambia todo

    La Plaza de España es de esas que generan una primera impresión difícil de sacudir. De planta trapezoidal con soportales en estilo mudéjar, tiene esa escala que hace que uno quiera cruzarla despacio. El Palacio Consistorial del siglo XVII ocupa uno de los frentes con su fachada sobria y su patio porticado interior. Frente a él, la iglesia de Nuestra Señora de la Granada.

    La iglesia es el monumento visual de Llerena, y la torre su carta de presentación. Cinco cuerpos construidos en cinco siglos: los dos primeros del siglo XIV en estilo gótico-mudéjar, con la Puerta del Perdón en el inferior y una ventana geminada con arcos trilobulados en el superior; los tres siguientes renacentistas, añadidos doscientos años después cuando la ciudad tenía recursos y ambición para ello.

    En la fachada, la balconada merece una mirada detenida. Dos pisos de arcos corridos de medio punto sobre pilares octogonales, en estilo mudéjar, construidos en el siglo XVIII. No son decoración: desde aquí las autoridades presenciaban los autos de fe y los festejos taurinos que se celebraban en la plaza. Arquitectura al servicio del poder, en un edificio religioso, en el centro de la ciudad. Llerena en una imagen.


    El interior acumula cuatro siglos de trabajo artístico. El retablo mayor preside el ábside con contundencia barroca. Un altar lateral acompaña la nave izquierda. Y a la derecha del altar mayor, una capilla protegida por una reja de hierro guarda las piezas más valiosas del patrimonio artístico del templo.

Frente a la iglesia, una escultura de Zurbarán. El pintor que vivió aquí, que trabajó para las iglesias y conventos de esta comarca, y cuya presencia se siente en varios de los edificios que uno va encontrando a lo largo del paseo.

Arcos, capillas y casas con historia

    Al salir de la plaza por uno de los arcos que comunican con las calles interiores, aparece la capilla de San Juan. Discreta, recogida, del tipo de espacio que en otro contexto concentraría toda la atención. Aquí es uno más de los elementos que van apareciendo.

    El casco histórico de Llerena tiene una densidad de arquitectura civil que no es habitual en pueblos de su tamaño. Casas señoriales con fachadas trabajadas, blasones sobre las entradas, detalles mudéjares en los vanos y los aleros. Son los restos visibles de una época en que Llerena era un centro de poder económico, religioso y político de primera magnitud en el suroeste peninsular.

El último Maestre y las monjas que hacen dulces

    La iglesia de Santiago Apóstol guarda en su interior algo que pocos libros de viajes mencionan con la atención que merece: el sepulcro del último Maestre de la Orden de Santiago. Don Alonso de Cárdenas y doña Leonor, en mármol y estilo gótico internacional, presiden la capilla mayor con esa solemnidad de quien sabe que está cerrando un capítulo de la historia.

El convento de Santa Clara es otro de los imprescindibles. La fachada clasicista con doble espadaña anticipa la solidez de un conjunto que guarda en su interior una talla de San Jerónimo Penitente de Juan Martínez Montañés y pinturas al fresco del siglo XVIII en la bóveda. Pero hay algo más que justifica la parada: los dulces y pastas que elaboran las monjas clarisas. El tipo de gastronomía conventual que solo existe en lugares como este y que desaparece en cuanto uno deja de comprarla.

La fuente que dio nombre a la ciudad

    La Plaza de la Fuente Pellejera es, según los historiadores, el punto alrededor del cual nació Llerena. El asentamiento árabe del siglo XI que los documentos llaman Ellerina o Ellerena se organizó en torno a esta fuente, que aparece en el escudo de la ciudad por esa razón.

    La fuente que ha llegado hasta hoy es una construcción de grandes sillares de arenisca con planta hexagonal y pión central. El entorno de la plaza acumula fachadas de varios siglos, desde el gótico-mudéjar del XV hasta el barroco del XVIII, como si el tiempo hubiera decidido dejar aquí muestras de cada época.

    A pocos pasos, el Humilladero de San Antón del siglo XVI marca el antiguo camino hacia la ciudad romana de Regina. Un elemento discreto que recuerda que estas calles llevan siendo camino desde mucho antes de que existiera el concepto de casco histórico.

La puerta que quedó en pie

    De las cuatro grandes puertas que tuvo la ciudad amurallada, solo la Puerta de Montemolín sobrevivió. Data de 1577 y tiene doble arco de medio punto en sillería y ladrillo, con un templete superior que alberga pinturas al fresco de la Inmaculada Concepción. Es de esas construcciones que uno fotografiaría aunque no supiera lo que es.

    Desde aquí se entra de nuevo al casco histórico por la parte que conserva los tramos más interesantes de muralla medieval, con una torre en proceso de restauración y detalles mudéjares integrados en las construcciones adyacentes con esa naturalidad que tienen las ciudades que han convivido siempre con su propio pasado.

Pedro Cieza, Catalina Clara y el palacio de los Zapata

    Hay una explanada desde la que las murallas de Llerena se ven en toda su extensión. Merece el paseo. Y junto a ellas, una escultura de Pedro Cieza de León, el Príncipe de los Cronistas de Indias, natural de Llerena. Su Crónica del Perú es uno de los textos fundamentales para entender la América precolombina y los primeros años de la conquista española. Un hombre que salió de este rincón del sur de Badajoz y escribió sobre el otro lado del mundo con una precisión que sigue siendo referencia cinco siglos después.

    La plaza que lleva el nombre de Catalina Clara Ramírez de Guzmán recuerda a otra llerenense que merece más atención de la que recibe. Poetisa del Siglo de Oro, nació aquí en 1618 y escribió más de mil poemas que nunca llegaron a imprimirse en vida. Su obra sobrevivió manuscrita, guardada con esa fidelidad que los pueblos pequeños tienen para sus propios.

    El Palacio de los Zapata está a pocos metros. Su pórtico es uno de los elementos arquitectónicos más elegantes del casco histórico: doble arquería de medio punto sobre columnas entorchadas, con logia en la planta superior. Hoy es el Palacio de Justicia, que en una ciudad con la historia judicial de Llerena tiene algo de continuidad inevitable.



El convento, el patio y la biblioteca que fue iglesia

Por la tarde, cuando los edificios que llevan cerrados toda la mañana empiezan a abrir, el Complejo Cultural La Merced es la última parada. El edificio es jesuítico, del siglo XVII, y tiene ese carácter de los espacios que han cambiado de función varias veces sin perder nunca del todo lo que fueron.

    El patio es lo primero que recibe: porticado, con columnas y arcos bien proporcionados, con la calma que tienen los claustos cuando ya no son claustos. En el centro, un aljibe o pozo antiguo que convive con el espacio sin necesitar ningún cartel explicativo. Hay cosas que no necesitan interpretación.

    El convento alberga hoy espacios culturales: sala de exposiciones, dependencias rehabilitadas con buen criterio, actividades para la ciudad. Al salir por la puerta opuesta uno se encuentra directamente ante la biblioteca municipal, instalada en la antigua iglesia del Hospital de San Juan de Dios.

    La conversión es uno de esos aciertos de reutilización de patrimonio que demuestran que lo antiguo y lo útil no son conceptos incompatibles. La nave de la iglesia, con su altura y sus proporciones, se ha convertido en un espacio de lectura de una elegancia que la mayoría de las bibliotecas de nueva construcción no alcanzan. Y en el suelo, bajo un panel de cristal, una cripta descubierta durante la rehabilitación permanece visible para quien viene a leer. Historia bajo los pies, luz arriba, libros alrededor. Pocos sitios mejores para pasar una tarde.

Para los que viajáis en furgo

    Llerena tiene área municipal de autocaravanas en la Calle San Pedro. Gratuita, con electricidad, agua y vaciado incluidos, tranquila y a pocos minutos andando del centro histórico. Una de las mejor valoradas de la provincia según los usuarios de Park4Night. Si venís desde Fuente del Arco, son menos de veinte kilómetros.

Si venís desde la zona de Fuente del Arco

Llerena cierra perfectamente un fin de semana con base en Fuente del Arco. Todo el territorio está a menos de media hora entre sí y da para dos días muy completos. Si os interesa el resto de la zona, leer mis entradas o ver los vídeos:

🏺 Fuente del Arco: el pueblo y la ceramista que decoró sus calles

⛏️ Mina La Jayona: bajo tierra en la Campiña Sur

⛪ Ermita de la Virgen del Ara: la Capilla Sixtina de Extremadura

🏰 Reina, la Alcazaba y Regina Turdulorum



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