Mina La Jayona: bajo tierra en la única mina visitable de la Campiña Sur de Extremadura

Carretera y Monta · Pequeños viajes para grandes recuerdos



    Cuando reservé la entrada a la Mina La Jayona no sabía muy bien qué esperar. Sabía que era una mina de hierro, que llevaba cerrada desde 1921 y que estaba declarada Monumento Natural. Datos correctos, pero que no me prepararon para lo que encontré dentro.

    La Jayona está a pocos kilómetros de Fuente del Arco, en plena sierra de la Campiña Sur de Badajoz. Aparqué la furgo junto a la entrada, cogí la cámara y me acerqué a la recepción. El grupo que tenía concertada la visita para ese día la había anulado la víspera, así que entramos tres: una pareja de Sevilla y yo. Hora y media de mina para nosotros solos.


Dos minas con nombre propio

    Lo primero que aprendes es que La Jayona no es una sola mina sino dos: El Monstruo y Ya te lo decía. Nombres que no son casuales ni poéticos, sino completamente literales.

    Al primer cerro lo llamaban El Monstruo por un lobo especialmente temido que campaba por esa ladera cuando comenzaron las excavaciones. El segundo debe su nombre a un minero que llevaba tiempo insistiendo en que había hierro en esa zona concreta. Cuando finalmente lo encontraron, soltó la frase que le daría nombre al yacimiento para siempre. La historia de los pueblos funciona así: con apodos que duran más que cualquier denominación oficial.

    La explotación industrial arrancó en 1900, aunque los antecedentes mineros de esta sierra se remontan a época romana. En veintiún años de actividad llegaron a trabajar aquí más de cuatrocientos mineros, todos ellos vecinos de Fuente del Arco que subían y bajaban cada día desde el pueblo. Los únicos que se quedaban a vivir en los barracones del recinto eran los técnicos e ingenieros foráneos que dirigían la operación. Una distinción que en aquella época era tan visible en el alojamiento como en el salario.

Dentro de la montaña

    La mina tiene once niveles excavados, aunque la visita recorre cuatro de ellos. El recorrido empieza en la zona alta, junto a los barracones, y va bajando progresivamente hacia el interior. En algún momento uno pierde la noción de dónde está exactamente, lo cual en un espacio así no es ningún inconveniente sino parte de la experiencia.

Al ser una explotación a cielo abierto, los pozos no tienen techo. El cielo queda arriba, recortado entre las paredes de roca, y entre medias ha crecido algo que no debería estar ahí: helechos, musgo, almez, una vegetación más propia de clima húmedo que del monte mediterráneo que rodea la sierra por fuera. La mina lleva un siglo abandonada y en ese tiempo ha desarrollado su propio microclima interior, que la naturaleza ha aprovechado sin pedir permiso.

    Las aves también se han instalado: palomas, golondrinas, rabilargos. Y en las galerías más profundas, murciélagos. Para mantener la declaración de Monumento Natural, uno de los requisitos es conservar esa fauna y esa vegetación. No es burocracia, es la condición que garantiza que esto siga siendo algo vivo.

En las paredes de los pozos, las vetas de hierro aparecen mezcladas con la roca en tonos oscuros y rojizos. Pero no están solas: hay minerales de color verde, otros de un gris metálico, capas que cuentan en silencio una geología de millones de años comprimida en unos pocos metros de pared.

Fallas, troneras y vagonetas

    En uno de los niveles inferiores aparece uno de los elementos más impresionantes del recorrido: el plano de falla. Una superficie de roca pulida y estriada donde dos masas geológicas se desplazaron una sobre la otra hace millones de años. Encima, por una abertura en el techo, entra un foco de luz natural que la ilumina de una manera que ningún diseñador de iluminación habría mejorado.


    También están las troneras: huecos abiertos en la roca por los que se tiraba el mineral extraído para que cayera directamente a las vagonetas del nivel inferior. Gravedad aplicada, sin más tecnología que la necesaria. Y el túnel doble, más ancho que los demás, por el que las vagonetas circulaban en los dos sentidos: entraban vacías y salían cargadas de roca con mineral, rumbo a la estación de tren de Fuente del Arco, y desde allí a Peñarroya para su fundición.

    En el camino de vuelta, el polvorín. Una puerta pequeña encajada en la roca que guarda el espacio donde se depositaba la dinamita antes de cada voladura. No era un almacén permanente: la pólvora llegaba pocas horas antes de ser utilizada y se consumía el mismo día. Protocolo básico de seguridad cuando trabajas con explosivos dentro de una montaña.


El pozo grande y lo que ya no está

    El recorrido termina en el pozo más amplio de la mina, el de mayor altura. Al fondo de la galería se abren varios túneles más pequeños que quedaron ciegos cuando la actividad se detuvo en 1921. La historia parada en seco, literalmente, con las herramientas todavía en su sitio mental.

En este espacio instalaron en su día una pequeña capilla dedicada a la Virgen, como era costumbre en las minas de la época. Ya no queda nada de ella. Lo que sí queda es el espacio, que ahora se usa ocasionalmente para eventos culturales con un aforo máximo de unas cuarenta personas. Paredes de roca, acústica natural, luz filtrada desde arriba. No hay sala de conciertos que compita con eso.

Las cifras y lo que no está en los libros

    En veintiún años de actividad, la Mina La Jayona extrajo oficialmente unas doscientas setenta mil toneladas de mineral de hierro. Es la cifra que recogen los documentos de la época y la que maneja la estadística minera española.

    Pero circula el rumor de que fue bastante más. La explotación la gestionaron durante años dos hermanos belgas, y hay quien dice que no fueron del todo escrupulosos a la hora de declarar la cantidad y la calidad del mineral extraído. Que una parte de la producción nunca apareció en ningún registro. No es algo que se pueda demostrar a estas alturas, pero tampoco resulta inverosímil si uno conoce cómo funcionaban estos negocios hace un siglo, con propietarios lejanos, gestores sobre el terreno y muy poca fiscalización.

    La historia oficial siempre convive con la que no quiso dejar huella.

Para los que viajáis en furgo

    

    El área municipal de autocaravanas de Fuente del Arco está en la Avenida de la Estación, junto a la piscina municipal. Diez parcelas con luz, agua y desagüe, por 6 euros la noche pagados mediante código QR a la entrada. Tranquila y bien situada para visitar tanto la mina como la ermita de la Virgen del Ara, que están a pocos kilómetros. Reservas en reservas.fuentedelarco.org.

    La visita a la mina requiere reserva previa en lajayona.fuentedelarco.org o llamando al 667 75 66 00. El precio es de 2 euros e incluye los EPIs necesarios para el recorrido.

Esta entrada forma parte de una serie

La Mina La Jayona es lal segunda entrada de una serie de tres dedicada a Fuente del Arco y su entorno. Si has llegado aquí directamente, puede que te interesen también las otras dos entregas:

🏺 Ep. 1 — Fuente del Arco: el pueblo y la ceramista que decoró sus calles

⛪ Ep. 3 — Ermita de la Virgen del Ara: la Capilla Sixtina de Extremadura



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El charco sin nombre - un charco que no existe en los mapas

 Garganta de Pedro Chate · Collado de la Vera · La Vera, Cáceres



    A veces los mejores sitios son los que no buscas. Ese día llegué al chiringuito de Las Pilas, en Collado de la Vera, sin ningún plan concreto. Aparqué, me bajé de la furgoneta, y vi que al otro lado del chiringuito había una senda que se metía entre los árboles. No sabía adónde iba. Fui a ver.


Una senda que se pone seria

    Los primeros metros parecían fáciles, pero enseguida el camino empezó a complicarse. Las piedras más grandes, la vegetación cerrándose, el suelo más irregular. Estuve a punto de dar media vuelta y volverme a Las Pilas.

    Pero entonces escuché algo. Voces. Y el ladrido de un perro. Pensé: si hay alguien ahí delante, el sendero es transitado. Seguí.

    Me crucé con un chico que se estaba dando un baño en un pequeño remanso con su perro. Le pregunté si había algo más arriba. Me dijo que sí, que había un charco, y me lo nombró. Escuché el nombre, lo repetí mentalmente un par de veces... y lo olvidé antes de llegar. Si alguien lo conoce, que me lo diga en los comentarios.

    Un poco más adelante me crucé con un pescador que bajaba por una senda más alta con la caña al hombro. Le pregunté cuál era el camino correcto y después le mencioné el charco. Asintió. "Ya llegas", me dijo. Y tenía razón.


El charco de más arriba

    
No esperéis una cascada espectacular ni nada que salga en las guías turísticas. Es un remanso tranquilo, algo más grande que el del chico con el perro, con varias cascadas pequeñas que caen sin aspavientos. Nada de otro mundo en el sentido fotogénico del término. Pero de esos sitios que te hacen parar y quedarte quieto. Sin carteles, sin señales, sin nadie más.

    Me senté en una piedra y saqué una pieza de fruta. No por hambre ni por cansancio, sino porque el sitio pedía quedarse un rato. Y ahí fue cuando empecé a fijarme en lo que me rodeaba.


Lo que se ve cuando te quedas quieto

    Hay una escala de los sitios de naturaleza que solo aparece cuando dejas de caminar. Cuando te sientas, cierras el teléfono y simplemente miras. Eso fue lo que pasó ese rato junto al charco.


La fauna: un indicador que no esperaba

    Lo primero que me llamó la atención fue un insecto posado sobre la vegetación junto al agua. Alas completamente negras con un destello azul metálico que parecía casi irreal a plena luz. Es el Calopteryx haemorrhoidalis, conocido como caballito de río, aunque en realidad no es una libélula sino un caballito, un odonato más pequeño que descansa con las alas plegadas. Lo que me pareció más interesante al investigarlo luego es que su presencia no es casual: esta especie solo vive en gargantas de aguas limpias y bien oxigenadas. Verlo es una señal de que la garganta de Pedro Chate está sana.

    También aparecieron unas mariposas pequeñas, de color pardo grisáceo, libando sobre las flores blancas en umbela. Son licénidos, la familia conocida como azules o cobritos. A simple vista parecen discretas, pero si te acercas lo suficiente el reverso del ala tiene una complejidad increíble.

    Y luego, caminando sobre el granito húmedo, un escarabajo pequeño y negro con un ligero brillo metálico. Un Anoplotrupes, escarabajo estercolero. No es el protagonista más glamuroso, pero sin él y otros como él el bosque no funciona: descompone materia orgánica y devuelve nutrientes al suelo. Un trabajo sucio e imprescindible.


La flora: plantas con historia

    Las flores blancas en umbela sobre las que libaban los insectos son una umbelífera de ribera, muy típica de los márgenes de gargantas como esta. Junto a ellas, una flor amarilla de cuatro pétalos que reconocí sin saber bien por qué: la celidonia mayor (Chelidonium majus), también llamada hierba de las golondrinas. Su látex anaranjado fue usado durante siglos en medicina popular para eliminar verrugas, aunque es tóxico. El nombre popular viene de la creencia medieval de que las golondrinas usaban esta planta para curar la vista de sus crías.

    La zarza en flor también estaba por todas partes, con algo que me sorprendió: unos ejemplares florecían en blanco y otros en violáceo, a pocos metros de distancia. Es la misma especie, Rubus ulmifolius, la zarzamora común. Esa variación de color es completamente normal. Y las flores que se ven ahora mismo, en mayo, serán las moras de agosto.

    La que más me impresionó fue la dedalera (Digitalis purpurea), con esas flores tubulares acampanadas de color lila-rosa colgando en racimo. Su nombre popular viene de que la flor tiene exactamente la forma de un dedal. Y su historia es fascinante: de sus hojas se extrae la digoxina, uno de los medicamentos cardíacos más importantes de la historia, usado desde el siglo XVIII y todavía presente en cardiología moderna. Una planta que puede curar el corazón y que, tomada directamente, puede pararlo. La naturaleza tiene esa dualidad.

    Y pegado a las rocas húmedas junto al agua, el culantrillo de pozo (Adiantum capillus-veneris), un helecho de folíolos pequeños y redondeados sobre un tallo negro y lustroso que en latín se llama literalmente "cabello de Venus". Solo crece donde la humedad es constante. Si lo ves, es señal de que estás en un sitio especial.

    Y luego miré hacia arriba, porque escuché el canto de los pájaros entre las ramas. No llegué a verlos, pero ahí estaban.


Cómo llegar

    Desde Collado de la Vera, sigue la carretera en dirección a Las Pilas aproximadamente 1,5 km. El chiringuito marca el punto de partida. Al otro lado arranca la senda, que sigue la garganta aguas arriba sin señalizar. En unos 500 metros llegas al primer remanso y, un poco más adelante, al charco del que hablo en el vídeo.


Para los que viajáis en furgoneta o autocaravana

    No hay área oficial en Collado de la Vera. Las opciones más cercanas y recomendables son Cuacos de Yuste y, algo más lejos, Jarandilla de la Vera. Os recomiendo verificar disponibilidad y servicios en Park4Night o Campercontact antes de salir.


    Desde Cuacos de Yuste, además de Las Pilas y el charco sin nombre en Collado, podéis visitar otros charcos de la misma garganta: el Lago, entre Jaraíz y Cuacos, y las Piletillas en Garganta la Olla. Una zona con mucho donde explorar.


¿Conoces el nombre de este charco? Déjalo en los comentarios. Lo añadiré en cuanto lo tenga confirmado.

Fuente del Arco: vine por la mina y me quedé con la ceramista que decoró todo un pueblo


    Cuando planeas una ruta, lo normal es que el destino sea lo que tienes en mente. En este caso eran dos: la Mina La Jayona y la ermita de la Virgen del Ara, dos visitas con reserva y con mucha historia detrás. Fuente del Arco era simplemente el municipio donde estaban, el lugar donde dormir con la furgo y desde donde moverse. Un punto de apoyo en el mapa, no el protagonista.

    Pero los pueblos pequeños a veces tienen otra opinión sobre el papel que les corresponde. Y Fuente del Arco, sin avisar y sin hacer demasiado ruido, terminó siendo la mejor historia del viaje.

Calles para recorrer despacio

    Llegué con tiempo de sobra antes de la visita a la mina. El área de autocaravanas está junto a la piscina municipal, tranquila y bien equipada, y desde allí el pueblo se alcanza a pie en pocos minutos. Con más de una hora por delante y sin ninguna prisa, me fui adentrando en el casco histórico sin un rumbo concreto, que es como mejor se conocen los pueblos.

    Fuente del Arco no es un pueblo que grite. No tiene grandes monumentos ni carteles turísticos en cada esquina. Lo suyo es otra cosa: una arquitectura popular bien conservada, calles estrechas con mucha sombra, y esa sensación de que la vida aquí tiene un ritmo que no ha necesitado adaptarse a nada externo.

    La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción está en la plaza, como corresponde, con esa presencia rotunda y sin adornos superfluos que tienen los templos rurales extremeños. Y cerca de allí, la fuente. La que da nombre al municipio, con una inscripción grabada en piedra que lleva siglos mirando a quien pasa. Me detuve un rato frente a ella pensando en cuántas generaciones habían hecho exactamente lo mismo, aunque por razones bastante más prácticas que las mías. Seguí andando. Y fue entonces cuando empecé a notar algo que al principio no supe leer del todo.

Algo que no cuadraba con lo que esperaba

    Fuente del Arco tiene fama por su historia minera. La Mina La Jayona, a pocos kilómetros, es uno de los yacimientos de hierro más antiguos de la península, y el municipio debe mucho de su identidad histórica a esa actividad. Cuando llegas con eso en la cabeza, buscas inconscientemente algún rastro de esa herencia: una herramienta colgada en una pared, un cartel, algún elemento que conecte el pueblo con el subsuelo que lo alimentó durante siglos.


    Pero lo que me encontré fue otra cosa completamente distinta. Azulejos pintados a mano en las fachadas de las casas. Piezas cerámicas decoradas incrustadas en los muros. Paneles con motivos vegetales, geométricos, de colores vivos, repartidos por las calles con una frecuencia que no parecía casual. No era la típica decoración puntual que se ve en muchos pueblos del sur, cuatro azulejos en la entrada de una ermita o el número de una casa pintado sobre cerámica. Era una presencia sistemática, pensada, que le daba al conjunto urbano una personalidad muy definida.

    Me pregunté quién estaba detrás de todo aquello. Y la respuesta estaba a la vuelta de la esquina, literalmente.

El taller y Ara

    Al pasar frente al ayuntamiento vi una puerta abierta a un lado. Un taller pequeño, luminoso, con piezas en distintas fases de trabajo apoyadas en las estanterías y sobre las mesas. Entré.

Ara estaba trabajando. Es la artista detrás de toda la cerámica del pueblo, y lo primero que me explicó, con una naturalidad que dejaba claro que para ella no era ninguna hazaña sino simplemente su trabajo, es que todo lo que había visto en las calles había salido de ese taller. Cada panel, cada azulejo decorado, cada pieza instalada en una fachada o en un banco de la plaza. Todo.

    Su método es el de la decoración cerámica: adquiere las piezas ya formadas, en crudo, y sobre ellas trabaja el diseño, la pintura y la cocción que fija los colores y hace que aguanten a la intemperie durante años. No es alfarería, es ilustración sobre cerámica, con todo lo que eso implica de dominio del color, del trazo y de la relación entre el diseño y el soporte.

    Lo que más me llamó la atención no fue la técnica sino la estructura detrás del proyecto. Ara es empleada municipal. El ayuntamiento de Fuente del Arco decidió en algún momento que la cerámica iba a ser la identidad visual del pueblo, contrató a una artista para llevarlo adelante y le dio los medios y el espacio para trabajar. No hay ninguna subvención externa de por medio, ningún programa europeo con fecha de caducidad. Es una apuesta del consistorio, sostenida en el tiempo, que ha ido transformando el aspecto del municipio calle a calle y año a año.

Me parece una idea extraordinariamente sensata. Y el resultado, a la vista está, funciona.

Una llave y un museo

    Antes de irme le mencioné que había pasado por el parque donde está el Museo municipal del Hierro y que la puerta estaba cerrada. No era una queja, simplemente lo comenté.

    Ara dejó el pincel, se limpió las manos y me dijo que esperara un momento. Entró al ayuntamiento, salió con una llave y me preguntó si quería verlo.

El Museo del Hierro de Fuente del Arco es modesto en tamaño pero honesto en intención: recoge minerales extraídos de la zona, herramientas de la actividad minera y documentación sobre la historia de la explotación del hierro en el municipio y sus alrededores. Es el tipo de espacio que en una ciudad pasaría desapercibido pero que en un pueblo pequeño cumple una función que va más allá de lo museístico: es la memoria colectiva de una actividad que durante generaciones definió cómo vivía la gente de aquí.

    Lo visité solo, con Ara haciéndome de guía improvisada, en un silencio que tenía algo de privilegio. Y salí con la sensación de haber entendido mejor el lugar al que había llegado esa mañana sin demasiadas expectativas.

Si viajáis en furgo

    El área municipal de autocaravanas está en la Avenida de la Estación, junto a la piscina municipal. Diez parcelas con luz, agua y desagüe de grises y negros, por 6 euros la noche. El pago se hace mediante código QR a la entrada, sin necesidad de buscar a nadie. Si queréis reservar con antelación, podéis hacerlo en reservas.fuentedelarco.org. Está bien situada, es tranquila y es un buen punto de partida tanto para la mina como para la ermita.

Lo que no venía en el plan

    Tenía reservas para la mina y para la ermita. Esos vídeos y esas entradas están por llegar, y os los recomiendo con ganas porque los dos sitios se lo merecen. Pero si os preguntáis qué fue lo que más me sorprendió de este rincón de la Baja Extremadura, la respuesta no es ni el hierro bajo tierra ni las pinturas de la ermita.

    Es una artista trabajando en silencio en un taller municipal, que ha ido cubriendo su pueblo de color durante años sin que casi nadie fuera de aquí lo sepa. Y que cuando le mencionas que el museo estaba cerrado, va al ayuntamiento, coge la llave y te lo abre.

Eso no se planea. Eso simplemente pasa cuando te tomas el tiempo de andar despacio por los pueblos.



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Béjar y el Corpus Christi: Alfombras de sal, Hombres de Musgo y ocho siglos de historia viva


    Si tuvieras que elegir una sola fiesta en España que lo tenga todo, Béjar tendría muchas papeletas. No porque sea la más conocida, que no lo es. Precisamente por eso.

    El Corpus Christi de Béjar, declarado Fiesta de Interés Turístico Internacional, combina devoción religiosa, arte efímero, leyenda medieval y participación vecinal de una manera que cuesta encontrar en otro sitio. Y lo hace desde 1476, con la misma naturalidad con que esta ciudad salmantina se despierta cada mañana.

    Si estás pensando en visitarlo, o simplemente quieres saber de qué va todo esto, sigue leyendo. Lo que viene a continuación es un recorrido por los tres momentos que hacen de este Corpus algo verdaderamente único.


La víspera: cuando los vecinos convierten la calle en un lienzo

    La fiesta no empieza el domingo. Empieza el sábado, cuando Béjar sale a la calle con una misión clara: dejar el suelo tan bonito que la procesión del día siguiente parezca caminar sobre un cuadro.

    Las alfombras de sal son el corazón visible de esta preparación. Se hacen con sal teñida en hasta ocho colores, siguiendo plantillas de cartón que los vecinos diseñan con meses de antelación. En algunas calles alcanzan los cien metros de longitud y consumen más de tres mil kilos de sal. Son, en todos los sentidos, una obra de arte colectiva.

Y lo más fascinante es que se sabe desde el principio que durarán unas pocas horas.

    En ese trabajo participan cofradías, hermandades, colegios, grupos de amigos y colectivos de lo más variado, incluida la comunidad latina asentada en Béjar, que desde hace años se ha sumado a esta tradición con la misma entrega que cualquier vecino de toda la vida. Hay algo muy bonito en eso: una fiesta que integra en lugar de excluir.

    Mientras tanto, la Plaza Mayor tiene su propia vida. El Mercado Medieval ocupa el recinto con puestos de artesanía y productos locales. Hay malabares, cetrería, Baile oriental, música.


    Y bajo los soportales del Ayuntamiento, casi desapercibida entre el bullicio, la custodia ya espera. Mañana será la protagonista.



El Vestimiento: un ritual que huele a musgo húmedo y a historia de ocho siglos

    El domingo empieza antes de que Béjar despierte. A las ocho de la mañana, en el claustro del Convento de San Francisco, hay metros de musgo extendido en el suelo esperando a seis personas que han sido elegidas para convertirse, por unas horas, en algo más que vecinos.

¿Qué son los Hombres de Musgo?

    La historia arranca el 17 de junio de 1208. Béjar llevaba años bajo dominio musulmán.

    Un grupo de vecinos decidió recuperarla de una manera tan audaz que roza lo inverosímil: se cubrieron enteros de musgo, se acercaron de noche a las murallas y esperaron. Cuando los centinelas los vieron al amanecer, confundieron las figuras con monstruos y huyeron despavoridos. Sin una sola batalla, Béjar volvió a ser libre.

    Aquella gesta se celebró cada año hasta que en el siglo XIV se fusionó con el Corpus Christi. Desde entonces, los Hombres de Musgo desfilan en la procesión como símbolo vivo de esa memoria colectiva. Son el único ejemplo que se conserva en España de esta tradición.

El Vestimiento: un oficio de familia

    Vestir a un Hombre de Musgo no es cosa de cualquiera. La familia Romero lleva más de cincuenta años haciéndolo, tres generaciones que empezaron con el patriarca Santiago en los años sesenta y que hoy continúan con su hijo Alejandro y su nieto Raúl. Son ellos quienes durante horas envuelven a los elegidos con cuerda y musgo húmedo hasta crear una armadura vegetal que puede pesar entre doce y veinte kilos.

    El resultado es una figura que impresiona. Especialmente la porra o garrote, un mazo de madera también recubierto de musgo, sujeto firmemente al brazo, que refuerza esa imagen entre lo ancestral y lo inquietante que hace que quien los ve por primera vez no pueda apartar la mirada.

    Cuando el proceso termina, antes de salir a la calle, hay un momento de calma en el claustro. La gente que ha asistido se acerca, hace fotos, observa de cerca lo que acaba de ocurrir. Hay algo casi ceremonial en ese silencio.

El camino hacia la procesión

    Los seis salen al exterior y recorren las calles hasta la Plaza Mayor en formación, en fila de a dos, sin música, sin celebración. Solo el murmullo de quienes los acompañan. La gente se aparta instintivamente. Es difícil no hacerlo.

    Por el camino se cruzan con mujeres ataviadas con traje de gala y peineta que se dirigen a la misma plaza para unirse al cortejo. En la Plaza Mayor los esperan las autoridades, el estandarte y las cofradías. Todos juntos emprenden el camino hacia la plaza de San Juan Bosco, donde se unirán a la procesión.


La Procesión: la ciudad entera en la calle

    La Iglesia de Santa María la Mayor es el punto de partida. Lleva siéndolo desde 1597. Desde aquí, cada año, arranca la procesión más solemne de Béjar.

    El orden de salida tiene su propio significado. Primero, los niños y niñas que han tomado la primera comunión ese día, los más pequeños abriendo el camino. Detrás, el paso con la Virgen, después la custodia y el sacerdote. Y cerrando la comitiva, la banda de música, formada también por jóvenes. Béjar pone a sus más jóvenes al frente de su fiesta más antigua.

    Encabezando el cortejo, una presencia que merece mención especial: la comunidad paraguaya de Béjar, que participa en la procesión como parte activa de una fiesta que también han hecho suya.

    En la Plaza de San Juan Bosco se produce el encuentro que muchos esperan. Los Hombres de Musgo, que han aguardado con paciencia, se incorporan al cortejo junto a las autoridades municipales y provinciales. A partir de ese momento, la procesión es ya todo lo que promete ser.

    El recorrido por el casco histórico avanza sobre las alfombras de sal, que son pisadas por la procesión en el silencio respetuoso del público. Las campanas de la Iglesia del Salvador repican. El incienso se eleva frente al Ayuntamiento. Los Hombres de Musgo caminan despacio, imponentes, cargando el peso de ocho siglos.

    La procesión se detiene en el Atrio de San Juan y en la Plazuela de Martín Mateos, dos de los puntos con las alfombras más espectaculares del recorrido. En Martín Mateos, además, una recreación del escenario de los Hombres de Musgo recibe al cortejo con toda la carga simbólica que eso implica.

    Ver las alfombras después de que la procesión haya pasado por encima es una de esas imágenes que se quedan. Lo que era un tapiz perfecto de colores ahora es un rastro de pasos. Efímero, sí. Pero eso es exactamente lo que se buscaba.


Si quieres ir: información práctica

    El Corpus de Béjar se celebra cada año en junio, coincidiendo con la festividad del Corpus Christi. Las alfombras se construyen el sábado y la procesión es el domingo por la mañana. El Vestimiento comienza a las ocho de la mañana en el Convento de San Francisco y está abierto al público.

    El casco antiguo de Béjar tiene calles estrechas y con pendiente, no es apto para vehículos grandes. Lo más cómodo es aparcar en la zona más nueva de la ciudad y acceder a pie al centro histórico.

🚐  Área de autocaravanas
Béjar Caravan Park · Carretera de la Estación s/n (N-630) (antigua estación de ferrocarril) · Gratuita · Agua y vaciado de aguas residuales incluidos · Estancia máxima 48 horas
Alternativa cercana: área de autocaravanas de Baños de Montemayor, a 15 km.


Los vídeos de la serie en Carretera y Monta

    Si quieres ver todo esto en imágenes, aquí tienes los tres vídeos que he dedicado al Corpus de Béjar:


Béjar es de esas ciudades que no aparecen en las listas de los grandes destinos. Y quizás por eso merece la pena tanto ir.

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