Garganta de Pedro Chate · Collado de la Vera · La Vera, Cáceres
A veces los mejores sitios son los que no buscas. Ese día llegué al chiringuito de Las Pilas, en Collado de la Vera, sin ningún plan concreto. Aparqué, me bajé de la furgoneta, y vi que al otro lado del chiringuito había una senda que se metía entre los árboles. No sabía adónde iba. Fui a ver.
Una senda que se pone seria
Los primeros metros parecían fáciles, pero enseguida el camino empezó a complicarse. Las piedras más grandes, la vegetación cerrándose, el suelo más irregular. Estuve a punto de dar media vuelta y volverme a Las Pilas.
Pero entonces escuché algo. Voces. Y el ladrido de un perro. Pensé: si hay alguien ahí delante, el sendero es transitado. Seguí.
Me crucé con un chico que se estaba dando un baño en un pequeño remanso con su perro. Le pregunté si había algo más arriba. Me dijo que sí, que había un charco, y me lo nombró. Escuché el nombre, lo repetí mentalmente un par de veces... y lo olvidé antes de llegar. Si alguien lo conoce, que me lo diga en los comentarios.
Un poco más adelante me crucé con un pescador que bajaba por una senda más alta con la caña al hombro. Le pregunté cuál era el camino correcto y después le mencioné el charco. Asintió. "Ya llegas", me dijo. Y tenía razón.
El charco de más arriba
No esperéis una cascada espectacular ni nada que salga en las guías turísticas. Es un remanso tranquilo, algo más grande que el del chico con el perro, con varias cascadas pequeñas que caen sin aspavientos. Nada de otro mundo en el sentido fotogénico del término. Pero de esos sitios que te hacen parar y quedarte quieto. Sin carteles, sin señales, sin nadie más.Me senté en una piedra y saqué una pieza de fruta. No por hambre ni por cansancio, sino porque el sitio pedía quedarse un rato. Y ahí fue cuando empecé a fijarme en lo que me rodeaba.
Lo que se ve cuando te quedas quieto
La fauna: un indicador que no esperaba
Lo primero que me llamó la atención fue un insecto posado sobre la vegetación junto al agua. Alas completamente negras con un destello azul metálico que parecía casi irreal a plena luz. Es el Calopteryx haemorrhoidalis, conocido como caballito de río, aunque en realidad no es una libélula sino un caballito, un odonato más pequeño que descansa con las alas plegadas. Lo que me pareció más interesante al investigarlo luego es que su presencia no es casual: esta especie solo vive en gargantas de aguas limpias y bien oxigenadas. Verlo es una señal de que la garganta de Pedro Chate está sana.
También aparecieron unas mariposas pequeñas, de color pardo grisáceo, libando sobre las flores blancas en umbela. Son licénidos, la familia conocida como azules o cobritos. A simple vista parecen discretas, pero si te acercas lo suficiente el reverso del ala tiene una complejidad increíble.
Y luego, caminando sobre el granito húmedo, un escarabajo pequeño y negro con un ligero brillo metálico. Un Anoplotrupes, escarabajo estercolero. No es el protagonista más glamuroso, pero sin él y otros como él el bosque no funciona: descompone materia orgánica y devuelve nutrientes al suelo. Un trabajo sucio e imprescindible.
La flora: plantas con historia
Las flores blancas en umbela sobre las que libaban los insectos son una umbelífera de ribera, muy típica de los márgenes de gargantas como esta. Junto a ellas, una flor amarilla de cuatro pétalos que reconocí sin saber bien por qué: la celidonia mayor (Chelidonium majus), también llamada hierba de las golondrinas. Su látex anaranjado fue usado durante siglos en medicina popular para eliminar verrugas, aunque es tóxico. El nombre popular viene de la creencia medieval de que las golondrinas usaban esta planta para curar la vista de sus crías.
La zarza en flor también estaba por todas partes, con algo que me sorprendió: unos ejemplares florecían en blanco y otros en violáceo, a pocos metros de distancia. Es la misma especie, Rubus ulmifolius, la zarzamora común. Esa variación de color es completamente normal. Y las flores que se ven ahora mismo, en mayo, serán las moras de agosto.
La que más me impresionó fue la dedalera (Digitalis purpurea), con esas flores tubulares acampanadas de color lila-rosa colgando en racimo. Su nombre popular viene de que la flor tiene exactamente la forma de un dedal. Y su historia es fascinante: de sus hojas se extrae la digoxina, uno de los medicamentos cardíacos más importantes de la historia, usado desde el siglo XVIII y todavía presente en cardiología moderna. Una planta que puede curar el corazón y que, tomada directamente, puede pararlo. La naturaleza tiene esa dualidad.
Y pegado a las rocas húmedas junto al agua, el culantrillo de pozo (Adiantum capillus-veneris), un helecho de folíolos pequeños y redondeados sobre un tallo negro y lustroso que en latín se llama literalmente "cabello de Venus". Solo crece donde la humedad es constante. Si lo ves, es señal de que estás en un sitio especial.
Y luego miré hacia arriba, porque escuché el canto de los pájaros entre las ramas. No llegué a verlos, pero ahí estaban.
Cómo llegar
Desde Collado de la Vera, sigue la carretera en dirección a Las Pilas aproximadamente 1,5 km. El chiringuito marca el punto de partida. Al otro lado arranca la senda, que sigue la garganta aguas arriba sin señalizar. En unos 500 metros llegas al primer remanso y, un poco más adelante, al charco del que hablo en el vídeo.
Para los que viajáis en furgoneta o autocaravana
No hay área oficial en Collado de la Vera. Las opciones más cercanas y recomendables son Cuacos de Yuste y, algo más lejos, Jarandilla de la Vera. Os recomiendo verificar disponibilidad y servicios en Park4Night o Campercontact antes de salir.
Desde Cuacos de Yuste, además de Las Pilas y el charco sin nombre en Collado, podéis visitar otros charcos de la misma garganta: el Lago, entre Jaraíz y Cuacos, y las Piletillas en Garganta la Olla. Una zona con mucho donde explorar.
¿Conoces el nombre de este charco? Déjalo en los comentarios. Lo añadiré en cuanto lo tenga confirmado.







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