Fuente del Arco: vine por la mina y me quedé con la ceramista que decoró todo un pueblo


    Cuando planeas una ruta, lo normal es que el destino sea lo que tienes en mente. En este caso eran dos: la Mina La Jayona y la ermita de la Virgen del Ara, dos visitas con reserva y con mucha historia detrás. Fuente del Arco era simplemente el municipio donde estaban, el lugar donde dormir con la furgo y desde donde moverse. Un punto de apoyo en el mapa, no el protagonista.

    Pero los pueblos pequeños a veces tienen otra opinión sobre el papel que les corresponde. Y Fuente del Arco, sin avisar y sin hacer demasiado ruido, terminó siendo la mejor historia del viaje.

Calles para recorrer despacio

    Llegué con tiempo de sobra antes de la visita a la mina. El área de autocaravanas está junto a la piscina municipal, tranquila y bien equipada, y desde allí el pueblo se alcanza a pie en pocos minutos. Con más de una hora por delante y sin ninguna prisa, me fui adentrando en el casco histórico sin un rumbo concreto, que es como mejor se conocen los pueblos.

    Fuente del Arco no es un pueblo que grite. No tiene grandes monumentos ni carteles turísticos en cada esquina. Lo suyo es otra cosa: una arquitectura popular bien conservada, calles estrechas con mucha sombra, y esa sensación de que la vida aquí tiene un ritmo que no ha necesitado adaptarse a nada externo.

    La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción está en la plaza, como corresponde, con esa presencia rotunda y sin adornos superfluos que tienen los templos rurales extremeños. Y cerca de allí, la fuente. La que da nombre al municipio, con una inscripción grabada en piedra que lleva siglos mirando a quien pasa. Me detuve un rato frente a ella pensando en cuántas generaciones habían hecho exactamente lo mismo, aunque por razones bastante más prácticas que las mías. Seguí andando. Y fue entonces cuando empecé a notar algo que al principio no supe leer del todo.

Algo que no cuadraba con lo que esperaba

    Fuente del Arco tiene fama por su historia minera. La Mina La Jayona, a pocos kilómetros, es uno de los yacimientos de hierro más antiguos de la península, y el municipio debe mucho de su identidad histórica a esa actividad. Cuando llegas con eso en la cabeza, buscas inconscientemente algún rastro de esa herencia: una herramienta colgada en una pared, un cartel, algún elemento que conecte el pueblo con el subsuelo que lo alimentó durante siglos.


    Pero lo que me encontré fue otra cosa completamente distinta. Azulejos pintados a mano en las fachadas de las casas. Piezas cerámicas decoradas incrustadas en los muros. Paneles con motivos vegetales, geométricos, de colores vivos, repartidos por las calles con una frecuencia que no parecía casual. No era la típica decoración puntual que se ve en muchos pueblos del sur, cuatro azulejos en la entrada de una ermita o el número de una casa pintado sobre cerámica. Era una presencia sistemática, pensada, que le daba al conjunto urbano una personalidad muy definida.

    Me pregunté quién estaba detrás de todo aquello. Y la respuesta estaba a la vuelta de la esquina, literalmente.

El taller y Ara

    Al pasar frente al ayuntamiento vi una puerta abierta a un lado. Un taller pequeño, luminoso, con piezas en distintas fases de trabajo apoyadas en las estanterías y sobre las mesas. Entré.

Ara estaba trabajando. Es la artista detrás de toda la cerámica del pueblo, y lo primero que me explicó, con una naturalidad que dejaba claro que para ella no era ninguna hazaña sino simplemente su trabajo, es que todo lo que había visto en las calles había salido de ese taller. Cada panel, cada azulejo decorado, cada pieza instalada en una fachada o en un banco de la plaza. Todo.

    Su método es el de la decoración cerámica: adquiere las piezas ya formadas, en crudo, y sobre ellas trabaja el diseño, la pintura y la cocción que fija los colores y hace que aguanten a la intemperie durante años. No es alfarería, es ilustración sobre cerámica, con todo lo que eso implica de dominio del color, del trazo y de la relación entre el diseño y el soporte.

    Lo que más me llamó la atención no fue la técnica sino la estructura detrás del proyecto. Ara es empleada municipal. El ayuntamiento de Fuente del Arco decidió en algún momento que la cerámica iba a ser la identidad visual del pueblo, contrató a una artista para llevarlo adelante y le dio los medios y el espacio para trabajar. No hay ninguna subvención externa de por medio, ningún programa europeo con fecha de caducidad. Es una apuesta del consistorio, sostenida en el tiempo, que ha ido transformando el aspecto del municipio calle a calle y año a año.

Me parece una idea extraordinariamente sensata. Y el resultado, a la vista está, funciona.

Una llave y un museo

    Antes de irme le mencioné que había pasado por el parque donde está el Museo municipal del Hierro y que la puerta estaba cerrada. No era una queja, simplemente lo comenté.

    Ara dejó el pincel, se limpió las manos y me dijo que esperara un momento. Entró al ayuntamiento, salió con una llave y me preguntó si quería verlo.

El Museo del Hierro de Fuente del Arco es modesto en tamaño pero honesto en intención: recoge minerales extraídos de la zona, herramientas de la actividad minera y documentación sobre la historia de la explotación del hierro en el municipio y sus alrededores. Es el tipo de espacio que en una ciudad pasaría desapercibido pero que en un pueblo pequeño cumple una función que va más allá de lo museístico: es la memoria colectiva de una actividad que durante generaciones definió cómo vivía la gente de aquí.

    Lo visité solo, con Ara haciéndome de guía improvisada, en un silencio que tenía algo de privilegio. Y salí con la sensación de haber entendido mejor el lugar al que había llegado esa mañana sin demasiadas expectativas.

Si viajáis en furgo

    El área municipal de autocaravanas está en la Avenida de la Estación, junto a la piscina municipal. Diez parcelas con luz, agua y desagüe de grises y negros, por 6 euros la noche. El pago se hace mediante código QR a la entrada, sin necesidad de buscar a nadie. Si queréis reservar con antelación, podéis hacerlo en reservas.fuentedelarco.org. Está bien situada, es tranquila y es un buen punto de partida tanto para la mina como para la ermita.

Lo que no venía en el plan

    Tenía reservas para la mina y para la ermita. Esos vídeos y esas entradas están por llegar, y os los recomiendo con ganas porque los dos sitios se lo merecen. Pero si os preguntáis qué fue lo que más me sorprendió de este rincón de la Baja Extremadura, la respuesta no es ni el hierro bajo tierra ni las pinturas de la ermita.

    Es una artista trabajando en silencio en un taller municipal, que ha ido cubriendo su pueblo de color durante años sin que casi nadie fuera de aquí lo sepa. Y que cuando le mencionas que el museo estaba cerrado, va al ayuntamiento, coge la llave y te lo abre.

Eso no se planea. Eso simplemente pasa cuando te tomas el tiempo de andar despacio por los pueblos.



Carretera y Monta · Pequeños viajes para grandes recuerdos

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