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La ruta de los dólmenes de Valencia de Alcántara: cinco mil años entre berrocales

 


    Hay patrimonio que se visita y hay patrimonio que se experimenta. Los dólmenes de Valencia de Alcántara pertenecen claramente al segundo grupo. No están en un museo, no hay una valla que los separe del mundo, no hay un cartel que te diga dónde debes ponerte para hacerte la foto. Están en el campo, entre alcornoques y berrocales de granito, exactamente donde alguien los colocó hace más de cinco mil años. Y ahí siguen.

    Esta es la última entrada de la serie sobre el viaje por la raya hispano-lusa, y también la que más cuesta cerrar. Los dólmenes de Valencia de Alcántara son uno de esos sitios que merecen más de una visita, más de una mañana, más de una ruta. Y, siendo honesto, más templanza con el calor de Extremadura en verano.

Un contexto que hay que conocer antes de llegar

    El término municipal de Valencia de Alcántara es uno de los territorios con mayor concentración de monumentos megalíticos de Europa occidental. Se han catalogado 55 dólmenes, de los cuales 33 están construidos en granito y 8 en pizarra; otros 14 han desaparecido a lo largo de los siglos, destruidos o desmantelados para aprovechar la piedra en construcciones posteriores.

    Todos ellos fueron levantados entre el cuarto y el tercer milenio antes de Cristo, durante el Neolítico final y el Calcolítico, por comunidades sedentarias de agricultores y ganaderos que habían comenzado a establecerse de forma estable en esta región. Construyeron estos monumentos como lugares de enterramiento colectivo, pero también como marcadores territoriales y simbólicos: una manera de decir "aquí estábamos, aquí enterramos a los nuestros, este territorio era el nuestro". Una función que, vista desde hoy, sigue teniendo una lógica perfectamente comprensible.

    Fueron declarados Bien de Interés Cultural en 1992 y forman parte de la candidatura española para la Lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. La Diputación de Cáceres y el Ayuntamiento de Valencia de Alcántara han trazado cinco rutas distintas para organizarlos y hacerlos accesibles, cada una con su propio punto de partida y su propia lógica de recorrido.


La Ruta 5: la recomendación de quien sabe

    En la oficina de turismo de Valencia de Alcántara, instalada en la antigua Iglesia de Santa Clara, la recomendación fue directa y sin ambages: la Ruta 5, que parte desde la pedаnía de la Aceña de la Borrega, es la que reúne los dólmenes mejor conservados y más accesibles del conjunto. Es la ruta más visitada, la mejor señalizada, y la que permite ver en un solo recorrido los monumentos más representativos.

    El acceso es sencillo: desde Valencia de Alcántara se toma la N-521 en dirección a Portugal y, a unos dos kilómetros, se desvía por la CC-154 hasta llegar a la pedаñía de la Aceña de la Borrega. El paisaje durante el trayecto ya avisa de lo que viene: berrocales de granito, alcornoques, dehesa abierta. Un paisaje que tiene exactamente el mismo aspecto que tenía hace cinco mil años, más o menos.

    La ruta está perfectamente señalizada con postes numérados. El consejo de la técnica de turismo: dejar el vehículo en el punto 8, junto al mirador de estrellas, y hacer el recorrido desde ahí en sentido contrario al marcado, comenzando por los Cajirón I y Carió II y terminando por el Mellizo. Así se llega al mejor conservado al final, cuando uno ya ha calibrado la escala y la importancia de lo que está viendo.


El Mirador del Berrocal de la Data: el aperitivo

    A los pocos metros de dejar el vehículo y comenzar a caminar, aparece el Mirador del Berrocal de la Data: una estructura metálica con escaleras desde la que se domina visualmente todo el entorno. El berrocal granítico se extiende en todas las direcciones, con la Sierra de Jola al fondo y Portugal al otro lado de la línea invisible que divide los dos países.

    Es un buen punto de partida no solo para orientarse, sino para entender la lógica del paisaje en el que están inscritos los dólmenes. Estas comunidades del Neolítico no eligieron los emplazamientos al azar: los otøeros, los puntos elevados, los lugares con conexión visual con otros puntos del territorio. El mirador, sin quererlo, ayuda a leerlo todo.

Los dólmenes Cajirón I y Cajirón II: una necrópolis de dos sepulcros

Cajirón I

    El primer dólmen de la ruta, al que se accede por un sendero de unos ochenta metros bien señalizado a la derecha del camino principal. Cámara de tres metros de diámetro, corredor corto, siete ortostatos de granito hincados en el suelo. La cubierta no se conserva. Fue excavado por la arqueóloga Primitiva Bueno Ramírez, de la Universidad de Alcalá de Henares, referencia ineludible en el estudio del megalítico extremeño, y entre los hallazgos destacaron fragmentos de cerámica decorada que podrían apuntar a la existencia de un poblado próximo.

    Es quizás el menos espectacular de los tres que visito, pero tiene algo que llama la atención: la precisión con que están colocadas las piedras, incluso en su estado actual de conservación parcial. Nada está puesto al azar. Cada ortostato ocupa exactamente el lugar que le correspondía en la estructura original.

Cajirón II

    A unos trescientos metros del anterior, formando lo que los arqueólogos denominan una necrópolis de dos sepulcros. En la restauración llevada a cabo en los años noventa por Enríquez y Carrasco se recuperaron la cámara, el corredor y el atrio, y se reconstituya parte del túmulo original formado por piedras de contorno.

    Está en mejor estado que el Cajirón I y resulta más fácil de leer como estructura arquitectónica. Ver los dos juntos, separados apenas por unos minutos de camino, ayuda a entender que estos monumentos no son construcciones aisladas sino parte de un paisaje funerario y simbólico planificado. Un territorio organizado en torno a la memoria de los muertos.

El Dólmen del Mellizo: el mejor conservado de la ruta

    El punto culminante del recorrido. Para llegar hay que volver a la furgo, desplazarse al punto 5 de la ruta y continuar a pie por un sendero que sube suavemente hacia un otero. Vale cada paso.

    El Dólmen del Mellizo es conocido también como Anta de la Marquesa, Aceña Borrega o Data III, según la fuente que se consulte, lo que da idea de los distintos contextos en que ha sido estudiado y catalogado a lo largo del tiempo. Fue la arqueóloga Primitiva Bueno Ramírez quien lo excavó en 1985, aunque ya había sido expoliado con anterioridad. A pesar del expolio, se recuperaron restos del ajuar funerario que hoy se conservan en el Museo de Cáceres: puntas de flecha, lascas de sílex y fragmentos de cerámica.

    La estructura es excepcional por varios motivos. Ocho ortostatos de granito conforman una cámara de planta oval de unos tres metros por tres metros y medio, con dos metros y medio de altura. El corredor es corto, con restos de ortostatos y un umbral elevado que comunica con la cámara. Y sobre todo esto, algo que muy pocos dólmenes del conjunto conservan: la gran losa horizontal de cubierta, todavía en su sitio, todavía cumpliendo la función para la que fue colocada hace más de cinco mil años.

    Su orientación hacia el sol naciente en torno al 1 de noviembre ha generado interpretaciones sobre un posible simbolismo astronómico relacionado con el ciclo agrícola o con rituales de tránsito. Nada está confirmado, pero la hipótesis encaja con lo que conocemos de otras culturas megalíticas del arco atlántico europeo.

    Desde el otero donde se asienta, con la silueta del batolito granítico de la Sierra de Jola al fondo y la dehesa extendiéndose en todas las direcciones, es fácil entender por qué eligieron exactamente este punto. Y es imposible no pensar, aunque solo sea un momento, en las personas que lo construyeron: qué herramientas usaron, cuánto tiempo tardaron, qué significaba para ellos este lugar.

Lo que quedó pendiente: Data I y Data II

    Los dólmenes Data I y Data II, situados juntos a menos de cien metros el uno del otro, quedaron fuera del recorrido por una razón completamente prosaica: el calor de Extremadura a mediodía en verano no es negociable. Con el terreno sin apenas sombra y las horas centrales del día encima, la decisión de no continuar fue fácil.

    Quedan pendientes para una segunda visita, que ya está mentalmente agendada. El Data I está considerado uno de los mejor conservados del conjunto, con la cubierta completa y el corredor en buen estado. El Data II, a escasos metros, tiene la particularidad de conservar un grabado antropomorfo en uno de sus ortostatos posteriores: una figura de un metro de alto por cincuenta centímetros de ancho que representa, según la interpretación más aceptada, un personaje con túnica.

    Consejo práctico: si visitáis esta ruta en verano, salid antes de las nueve de la mañana. El terreno tiene poca sombra y el calor se hace insoportable a partir de las once. Llevar agua abundante es imprescindible, no opcional.

Información práctica para autocaravanistas

Acceso con vehículo grande

    Las pistas que dan acceso a la Ruta 5 son caminos agrícolas de tierra apisonada, anchos y sin grandes desniveles, perfectamente transitables con una autocaravana o furgo de tamaño medio. No hay barreras ni limitaciones de altura en el acceso desde la pedаñía. El punto 8, donde se recomienda dejar el vehículo, tiene espacio suficiente para aparcar sin problemas.

Área de autocaravanas en Valencia de Alcántara

    La base más cómoda para hacer esta ruta en autocaravana es el área oficial de Valencia de Alcántara, situada junto a la Plaza de Toros, frente a la N-521. Siete plazas de 7,40 x 3,10 metros, suministro de agua potable, vaciado de aguas grises, admisión de animales, pernocta autorizada con un máximo de 48 horas. Gratuita y señalizada. Algo de ruido de tráfico por la proximidad a la nacional, y en días de fiesta puede haber coches aparcados que no son autocaravanas. En general bien valorada.

    Desde el área hasta la pedаñía de la Aceña de la Borrega hay unos siete kilómetros por carretera, menos de diez minutos. Se puede llegar con la propia autocaravana sin ningún problema y dejarla en el punto de inicio de la ruta.

    Recuerda verificar disponibilidad y estado actualizado en Park4Night y Campercontact antes de llegar.

La ruta a pie: lo que hay que saber

    La Ruta sin apenas desnivel, puede recorrerse en unas dos horas a paso tranquilo si se visitan todos los dólmenes. El terreno es cómodo pero irregular en algunos tramos, con piedras sueltas. Calzado cómodo es suficiente; no hace falta equipamiento de montaña. Los senderos de acceso a cada dólmen están bien marcados con carteles informativos que incluyen datos sobre cada monumento.

    Imprescindible: agua en cantidad, protección solar, y salir temprano si se visita entre mayo y septiembre. El paisaje no ofrece sombra natural y el calor se concentra en los berrocales de granito.

Serie completa: viaje por la raya hispano-lusa

▶ Castelo de Vide: historia, flores y la frontera que casi no se nota

▶ Marvão: mil años vigilando la frontera desde lo alto

▶ Valencia de Alcántara: gótico, judería y megalítos en la frontera extremeña

Vídeos relacionados

▶ Ruta de los Dólmenes de Valencia de Alcántara

▶ Valencia de Alcántara

▶ Marvão

▶ Castelo de Vide

Cinco mil años entre berrocales. Hay patrimonio que se visita y hay patrimonio que te cambia la escala de las cosas. Este es del segundo tipo.

Calatrava la Nueva: la ciudad-fortaleza que nunca fue conquistada


    Voy por la carretera y de repente está ahí. En lo alto del cerro, recortado contra el cielo manchego, como algo que no debería existir y sin embargo lleva ochocientos años existiendo. Calatrava la Nueva.

Ya desde abajo impone. Y eso que todavía queda un buen trecho hasta llegar.

La subida: dos kilómetros con historia

    Se puede subir con el coche hasta la misma base, pero ojo: la carretera es de piedra, irregular, y no está pensada para cualquier vehículo. La furgoneta, que tiene ballestas, acusa cada piedra, cada bache, cada metro de este camino.

    Son unos dos kilómetros de subida con carácter. Y hay que saber que ese camino empedrado que pisas fue construido para la visita de Felipe II a la fortaleza en el año 1560. Quinientos años pisando las mismas piedras. No es un dato cualquiera. Es el tipo de cosa que te cambia el paso.

    A los lados, el castillo se va haciendo más grande. Por fin, el aparcamiento habilitado al pie del cerro. La fortaleza está en la cima del Cerro Alacranejo, a 936 metros de altitud, rodeada de pedrizas y vegetación autóctona. Bajo, cojo la cámara, y me quedo un momento parado mirando hacia arriba.

Esto no es solo un castillo

    Subo por las escaleras y rampas empedradas hasta la taquilla. Dos puertas, unos doscientos metros. Pago la entrada —solo efectivo, aviso— y empiezo. La visita es libre y el recorrido no está muy bien señalizado, así que hay que ir con atención para no repetir zonas ni perderse partes. Vale la pena tomárselo con calma.

    Lo primero que recorro es el barrio donde vivían los artesanos. Y aquí es donde empieza a cambiar la idea que traía del sitio.

    Porque esto no era solo un castillo. Tenía iglesia, convento, hospedería, herrería, horno, tiendas. Había una ciudad entera funcionando aquí dentro, con sus calles, sus casas, sus servidores. Gente anónima que cada mañana se despertaba con este paisaje. No sé si eso era un privilegio o una condena. Probablemente, las dos cosas.

    La fortaleza tiene 46.000 metros cuadrados. Para que os hagáis una idea: más grande que cuatro campos de fútbol juntos. Y está aquí, en lo alto de un cerro, en medio de La Mancha, mirando hacia Sierra Morena.

Las torres, el horizonte y el castillo de enfrente

    Como toda fortaleza que se precie, Calatrava la Nueva tiene sus torres de vigilancia con sus troneras bien visibles. Desde una posición elevada me detengo a recorrer con la mirada las diferentes estancias del conjunto.

    Desde aquí arriba se entiende todo. Esta posición geográfica dominaba el Puerto de Calatrava, que era la vía natural de paso hacia Sierra Morena desde la Meseta Sur de España. Y enfrente, visible con claridad, el Castillo de Salvatierra, que durante años estuvo en manos musulmanas.

    Dos fortalezas mirándose durante siglos. Dos mundos separados por un valle. Hoy los dos están en silencio.

La iglesia: cuando la luz entra exacta

    Y entonces llego a la iglesia.

    Solo quedan en pie las paredes de sillares y mampostería. Sin imágenes, sin retablos, sin nada que distraiga. Solo el espacio y su forma. El estilo es cisterciense: tres naves con bóvedas de crucería y tres ábsides con arcos apuntados. Austero y poderoso.

    En la nave central se han dispuesto unos bancos, como en cualquier iglesia activa. Y en el lugar del altar mayor, una serie de sillones de madera, casi tronos. Una capilla lateral, detrás de una reja, también vacía de imágenes.

    Y luego está el rosetón. Encima de la puerta de entrada, de la época de los Reyes Católicos. La luz que entra por ahí no es teatral ni espectacular en el sentido moderno. Es exacta. Como si alguien, hace ochocientos años, hubiera calculado cuánta luz necesitaba este espacio para no mentir.


Puertas de madera, ladrillo y criterio discutible

    En la parte posterior la construcción está notablemente mejor conservada. Subo un nivel más y aquí las dependencias tienen incluso puertas de madera originales. Todas cerradas, inaccesibles por seguridad. En las paredes, el ladrillo se combina con la piedra: una mezcla que habla de diferentes épocas, de reformas, de siglos añadiendo capas sobre capas.

    Más arriba, una de las torres. Aquí el suelo ha sido pavimentado con materiales actuales. Sin mucho criterio, la verdad: el contraste con el conjunto histórico se nota y no juega a su favor. Pero las vistas que ofrece son excelentes. A lo lejos, La Mancha. El horizonte plano y amplio. Y bajando la mirada, una perspectiva alzada de toda la planta del castillo.

    Tres banderas se mueven con el viento: Castilla-La Mancha, España, Europa. Tres capas de identidad sobre ocho siglos de historia.



Bóvedas de cañón, el aljibe y una plaza con un olivo

    Entro en una de las salas oscuras. Espero a que la vista se adapte. Una estancia alargada, techo en bóveda de cañón. El silencio aquí es diferente al de fuera: más denso. Al fondo, una escalera de hierro lleva a otra estancia más pequeña y alta, de uso incierto.

    Regreso a las calles interiores y subo por una escalera de caracol. En este nivel las estancias están diáfanas, abiertas. Y entonces aparece el aljibe: una especie de cuenco gigante diseñado para recoger el agua que cae desde una de las torres.

    En un cerro a 936 metros, sin río, sin manantial cercano, el agua era poder. Quien controlaba el agua controlaba cuánto tiempo podía aguantar un asedio. Y este castillo nunca fue invadido ni asediado. No se conoce ninguna batalla en él. Quizás esto también tiene que ver.

    Un poco más arriba llego a una especie de plaza interior. En el centro, un olivo. Al fondo, una construcción muy bien conservada, también cerrada: probablemente la residencia del prior. Hay algo en ese olivo en medio de las ruinas que no sé explicar bien. La naturaleza ocupando los espacios que dejó la historia. Sin permiso. Sin protocolo.



Lo que se queda


    Bajo de nuevo por la escalera de caracol, me asomo a otro mirador, paseo por el suelo de cerámica actual que no termina de encajar, y por fin llego a la salida. Las mismas puertas, las mismas rampas, las mismas escaleras de piedra por las que entré.

    El terremoto de Lisboa de 1775 dejó muy dañada la fortaleza. En 1802 la Orden se trasladó definitivamente a Almagro. En 1835, las desamortizaciones pusieron punto final a siglos de vida monacal aquí dentro. En 1854 fue declarado Monumento Histórico Nacional.

    Es la manera oficial de decir: esto importa. No lo toquéis.

    Aunque ya nadie viva aquí. Aunque las puertas estén cerradas. Aunque el olivo crezca solo en la plaza. Aunque alguien haya puesto un suelo de cerámica donde no tocaba.

    Me voy de aquí con algo que no traje. No sé todavía cómo llamarlo. Pero pesa bien.


INFORMACIÓN PRÁCTICA

Ubicación: Carretera Calzada de Calatrava a Puertollano, km 7,200 · Aldea del Rey (Ciudad Real)

Horario (temporada alta): Miércoles–Sábado: 10:00–14:00 y 17:30–20:30 · Domingos: 10:00–14:00

Visitas guiadas gratuitas: Fines de semana: 11:30 y 17:45 h. (incluidas con la entrada)

Pago: Solo efectivo en taquilla · No se admiten animales

Acceso en camper/vehículo alto: Camino empedrado de ~2 km · No recomendado para vehículos bajos


CARRETERA Y MONTA

Pequeños viajes para grandes recuerdos

El charco sin nombre - un charco que no existe en los mapas

 Garganta de Pedro Chate · Collado de la Vera · La Vera, Cáceres



    A veces los mejores sitios son los que no buscas. Ese día llegué al chiringuito de Las Pilas, en Collado de la Vera, sin ningún plan concreto. Aparqué, me bajé de la furgoneta, y vi que al otro lado del chiringuito había una senda que se metía entre los árboles. No sabía adónde iba. Fui a ver.


Una senda que se pone seria

    Los primeros metros parecían fáciles, pero enseguida el camino empezó a complicarse. Las piedras más grandes, la vegetación cerrándose, el suelo más irregular. Estuve a punto de dar media vuelta y volverme a Las Pilas.

    Pero entonces escuché algo. Voces. Y el ladrido de un perro. Pensé: si hay alguien ahí delante, el sendero es transitado. Seguí.

    Me crucé con un chico que se estaba dando un baño en un pequeño remanso con su perro. Le pregunté si había algo más arriba. Me dijo que sí, que había un charco, y me lo nombró. Escuché el nombre, lo repetí mentalmente un par de veces... y lo olvidé antes de llegar. Si alguien lo conoce, que me lo diga en los comentarios.

    Un poco más adelante me crucé con un pescador que bajaba por una senda más alta con la caña al hombro. Le pregunté cuál era el camino correcto y después le mencioné el charco. Asintió. "Ya llegas", me dijo. Y tenía razón.


El charco de más arriba

    
No esperéis una cascada espectacular ni nada que salga en las guías turísticas. Es un remanso tranquilo, algo más grande que el del chico con el perro, con varias cascadas pequeñas que caen sin aspavientos. Nada de otro mundo en el sentido fotogénico del término. Pero de esos sitios que te hacen parar y quedarte quieto. Sin carteles, sin señales, sin nadie más.

    Me senté en una piedra y saqué una pieza de fruta. No por hambre ni por cansancio, sino porque el sitio pedía quedarse un rato. Y ahí fue cuando empecé a fijarme en lo que me rodeaba.


Lo que se ve cuando te quedas quieto

    Hay una escala de los sitios de naturaleza que solo aparece cuando dejas de caminar. Cuando te sientas, cierras el teléfono y simplemente miras. Eso fue lo que pasó ese rato junto al charco.


La fauna: un indicador que no esperaba

    Lo primero que me llamó la atención fue un insecto posado sobre la vegetación junto al agua. Alas completamente negras con un destello azul metálico que parecía casi irreal a plena luz. Es el Calopteryx haemorrhoidalis, conocido como caballito de río, aunque en realidad no es una libélula sino un caballito, un odonato más pequeño que descansa con las alas plegadas. Lo que me pareció más interesante al investigarlo luego es que su presencia no es casual: esta especie solo vive en gargantas de aguas limpias y bien oxigenadas. Verlo es una señal de que la garganta de Pedro Chate está sana.

    También aparecieron unas mariposas pequeñas, de color pardo grisáceo, libando sobre las flores blancas en umbela. Son licénidos, la familia conocida como azules o cobritos. A simple vista parecen discretas, pero si te acercas lo suficiente el reverso del ala tiene una complejidad increíble.

    Y luego, caminando sobre el granito húmedo, un escarabajo pequeño y negro con un ligero brillo metálico. Un Anoplotrupes, escarabajo estercolero. No es el protagonista más glamuroso, pero sin él y otros como él el bosque no funciona: descompone materia orgánica y devuelve nutrientes al suelo. Un trabajo sucio e imprescindible.


La flora: plantas con historia

    Las flores blancas en umbela sobre las que libaban los insectos son una umbelífera de ribera, muy típica de los márgenes de gargantas como esta. Junto a ellas, una flor amarilla de cuatro pétalos que reconocí sin saber bien por qué: la celidonia mayor (Chelidonium majus), también llamada hierba de las golondrinas. Su látex anaranjado fue usado durante siglos en medicina popular para eliminar verrugas, aunque es tóxico. El nombre popular viene de la creencia medieval de que las golondrinas usaban esta planta para curar la vista de sus crías.

    La zarza en flor también estaba por todas partes, con algo que me sorprendió: unos ejemplares florecían en blanco y otros en violáceo, a pocos metros de distancia. Es la misma especie, Rubus ulmifolius, la zarzamora común. Esa variación de color es completamente normal. Y las flores que se ven ahora mismo, en mayo, serán las moras de agosto.

    La que más me impresionó fue la dedalera (Digitalis purpurea), con esas flores tubulares acampanadas de color lila-rosa colgando en racimo. Su nombre popular viene de que la flor tiene exactamente la forma de un dedal. Y su historia es fascinante: de sus hojas se extrae la digoxina, uno de los medicamentos cardíacos más importantes de la historia, usado desde el siglo XVIII y todavía presente en cardiología moderna. Una planta que puede curar el corazón y que, tomada directamente, puede pararlo. La naturaleza tiene esa dualidad.

    Y pegado a las rocas húmedas junto al agua, el culantrillo de pozo (Adiantum capillus-veneris), un helecho de folíolos pequeños y redondeados sobre un tallo negro y lustroso que en latín se llama literalmente "cabello de Venus". Solo crece donde la humedad es constante. Si lo ves, es señal de que estás en un sitio especial.

    Y luego miré hacia arriba, porque escuché el canto de los pájaros entre las ramas. No llegué a verlos, pero ahí estaban.


Cómo llegar

    Desde Collado de la Vera, sigue la carretera en dirección a Las Pilas aproximadamente 1,5 km. El chiringuito marca el punto de partida. Al otro lado arranca la senda, que sigue la garganta aguas arriba sin señalizar. En unos 500 metros llegas al primer remanso y, un poco más adelante, al charco del que hablo en el vídeo.


Para los que viajáis en furgoneta o autocaravana

    No hay área oficial en Collado de la Vera. Las opciones más cercanas y recomendables son Cuacos de Yuste y, algo más lejos, Jarandilla de la Vera. Os recomiendo verificar disponibilidad y servicios en Park4Night o Campercontact antes de salir.


    Desde Cuacos de Yuste, además de Las Pilas y el charco sin nombre en Collado, podéis visitar otros charcos de la misma garganta: el Lago, entre Jaraíz y Cuacos, y las Piletillas en Garganta la Olla. Una zona con mucho donde explorar.


¿Conoces el nombre de este charco? Déjalo en los comentarios. Lo añadiré en cuanto lo tenga confirmado.

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