Carretera y Monta · Pequeños viajes para grandes recuerdos
Cuando reservé la entrada a la Mina La Jayona no sabía muy bien qué esperar. Sabía que era una mina de hierro, que llevaba cerrada desde 1921 y que estaba declarada Monumento Natural. Datos correctos, pero que no me prepararon para lo que encontré dentro.
La Jayona está a pocos kilómetros de Fuente del Arco, en plena sierra de la Campiña Sur de Badajoz. Aparqué la furgo junto a la entrada, cogí la cámara y me acerqué a la recepción. El grupo que tenía concertada la visita para ese día la había anulado la víspera, así que entramos tres: una pareja de Sevilla y yo. Hora y media de mina para nosotros solos.
Dos minas con nombre propio
Lo primero que aprendes es que La Jayona no es una sola mina sino dos: El Monstruo y Ya te lo decía. Nombres que no son casuales ni poéticos, sino completamente literales.
Al primer cerro lo llamaban El Monstruo por un lobo especialmente temido que campaba por esa ladera cuando comenzaron las excavaciones. El segundo debe su nombre a un minero que llevaba tiempo insistiendo en que había hierro en esa zona concreta. Cuando finalmente lo encontraron, soltó la frase que le daría nombre al yacimiento para siempre. La historia de los pueblos funciona así: con apodos que duran más que cualquier denominación oficial.
La explotación industrial arrancó en 1900, aunque los antecedentes mineros de esta sierra se remontan a época romana. En veintiún años de actividad llegaron a trabajar aquí más de cuatrocientos mineros, todos ellos vecinos de Fuente del Arco que subían y bajaban cada día desde el pueblo. Los únicos que se quedaban a vivir en los barracones del recinto eran los técnicos e ingenieros foráneos que dirigían la operación. Una distinción que en aquella época era tan visible en el alojamiento como en el salario.
Dentro de la montaña
La mina tiene once niveles excavados, aunque la visita recorre cuatro de ellos. El recorrido empieza en la zona alta, junto a los barracones, y va bajando progresivamente hacia el interior. En algún momento uno pierde la noción de dónde está exactamente, lo cual en un espacio así no es ningún inconveniente sino parte de la experiencia.
Al ser una explotación a cielo abierto, los pozos no tienen techo. El cielo queda arriba, recortado entre las paredes de roca, y entre medias ha crecido algo que no debería estar ahí: helechos, musgo, almez, una vegetación más propia de clima húmedo que del monte mediterráneo que rodea la sierra por fuera. La mina lleva un siglo abandonada y en ese tiempo ha desarrollado su propio microclima interior, que la naturaleza ha aprovechado sin pedir permiso.
Las aves también se han instalado: palomas, golondrinas, rabilargos. Y en las galerías más profundas, murciélagos. Para mantener la declaración de Monumento Natural, uno de los requisitos es conservar esa fauna y esa vegetación. No es burocracia, es la condición que garantiza que esto siga siendo algo vivo.
En las paredes de los pozos, las vetas de hierro aparecen mezcladas con la roca en tonos oscuros y rojizos. Pero no están solas: hay minerales de color verde, otros de un gris metálico, capas que cuentan en silencio una geología de millones de años comprimida en unos pocos metros de pared.
Fallas, troneras y vagonetas
En uno de los niveles inferiores aparece uno de los elementos más impresionantes del recorrido: el plano de falla. Una superficie de roca pulida y estriada donde dos masas geológicas se desplazaron una sobre la otra hace millones de años. Encima, por una abertura en el techo, entra un foco de luz natural que la ilumina de una manera que ningún diseñador de iluminación habría mejorado.
También están las troneras: huecos abiertos en la roca por los que se tiraba el mineral extraído para que cayera directamente a las vagonetas del nivel inferior. Gravedad aplicada, sin más tecnología que la necesaria. Y el túnel doble, más ancho que los demás, por el que las vagonetas circulaban en los dos sentidos: entraban vacías y salían cargadas de roca con mineral, rumbo a la estación de tren de Fuente del Arco, y desde allí a Peñarroya para su fundición.
En el camino de vuelta, el polvorín. Una puerta pequeña encajada en la roca que guarda el espacio donde se depositaba la dinamita antes de cada voladura. No era un almacén permanente: la pólvora llegaba pocas horas antes de ser utilizada y se consumía el mismo día. Protocolo básico de seguridad cuando trabajas con explosivos dentro de una montaña.
El pozo grande y lo que ya no está
El recorrido termina en el pozo más amplio de la mina, el de mayor altura. Al fondo de la galería se abren varios túneles más pequeños que quedaron ciegos cuando la actividad se detuvo en 1921. La historia parada en seco, literalmente, con las herramientas todavía en su sitio mental.
En este espacio instalaron en su día una pequeña capilla dedicada a la Virgen, como era costumbre en las minas de la época. Ya no queda nada de ella. Lo que sí queda es el espacio, que ahora se usa ocasionalmente para eventos culturales con un aforo máximo de unas cuarenta personas. Paredes de roca, acústica natural, luz filtrada desde arriba. No hay sala de conciertos que compita con eso.
Las cifras y lo que no está en los libros
En veintiún años de actividad, la Mina La Jayona extrajo oficialmente unas doscientas setenta mil toneladas de mineral de hierro. Es la cifra que recogen los documentos de la época y la que maneja la estadística minera española.
Pero circula el rumor de que fue bastante más. La explotación la gestionaron durante años dos hermanos belgas, y hay quien dice que no fueron del todo escrupulosos a la hora de declarar la cantidad y la calidad del mineral extraído. Que una parte de la producción nunca apareció en ningún registro. No es algo que se pueda demostrar a estas alturas, pero tampoco resulta inverosímil si uno conoce cómo funcionaban estos negocios hace un siglo, con propietarios lejanos, gestores sobre el terreno y muy poca fiscalización.
La historia oficial siempre convive con la que no quiso dejar huella.
Para los que viajáis en furgo
El área municipal de autocaravanas de Fuente del Arco está en la Avenida de la Estación, junto a la piscina municipal. Diez parcelas con luz, agua y desagüe, por 6 euros la noche pagados mediante código QR a la entrada. Tranquila y bien situada para visitar tanto la mina como la ermita de la Virgen del Ara, que están a pocos kilómetros. Reservas en reservas.fuentedelarco.org.
La visita a la mina requiere reserva previa en lajayona.fuentedelarco.org o llamando al 667 75 66 00. El precio es de 2 euros e incluye los EPIs necesarios para el recorrido.
Esta entrada forma parte de una serie
La Mina La Jayona es lal segunda entrada de una serie de tres dedicada a Fuente del Arco y su entorno. Si has llegado aquí directamente, puede que te interesen también las otras dos entregas:
🏺 Ep. 1 — Fuente del Arco: el pueblo y la ceramista que decoró sus calles
⛪ Ep. 3 — Ermita de la Virgen del Ara: la Capilla Sixtina de Extremadura
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